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Champar

Pero cuando más pletórico me encontraba, su mirada clara se tornó negra como la noche. Fue un destello rapidísimo.

Quisiera ofrecerle, aunque sólo sea en un asomo, lo que un día me manifestó la naturaleza en secreto.
Ese día experimenté cómo su delicado abrazo me estrechaba con una ternura nunca antes demostrada. Noté también cómo entre arrumacos me acunaba a fin de hacerme recordar mi añorada infancia.
Al mismo tiempo que sus brazos se ceñían a mi cuerpo, me susurraba al oído:
–¡Qué inmensa alegría recibí cuando te vi emerger de entre el caos a la hora de tu alumbramiento! ¡Qué gozo me daba verte compartir con tus hermanos los pequeños avances que realizabas y qué placer me producía contemplar tu fulgurante desarrollo! Hijo mío, –dijo al final–, no te puedes imaginar lo orgullosa que me sentí de ti y de haberte dado la vida.
Percibí una sombra de pesar en sus ojos y la interrogué con los míos. Entonces me confesó, con un atisbo de angustia, la insatisfacción y el desconsuelo que llevaba padeciendo desde tiempo inmemorial por no haber logrado parir una especie similar a la mía a pesar de lo mucho que lo había intentado.
Cuando escuché todo el amor que me dispensaba, a punto estuve de estallar de felicidad. Pensé en lo maravilloso que era ser el único en la tierra a quien la naturaleza amaba con tal abnegación. ¡Era el rey, y por lo tanto, su preferido!
Pero cuando más pletórico me encontraba, su mirada clara se tornó negra como la noche. Fue un destello rapidísimo. Al instante se despejó y sus entrañas entraron en convulsión como preludio de un amargo llanto.

La observé largo rato y la vi demacrada y seca, mas en su aridez todo era espléndido.

Me conmovió su enorme pena y quise acariciarla y besarla para trasmitirle todo mi cariño; pero pasó lo que menos me podía esperar. Me pareció como si mi gesto la hubiese ofendido, o más aún, como si mi intención fuese lastimarla en lo más íntimo porque de modo irascible no me dejó ni siquiera acercarme. La observé largo rato y la vi demacrada y seca, mas en su aridez todo era espléndido. No sabía cómo contentarla. Lo único, me dije, era brindarle mi apoyo incondicional. Así lo hice y para mi pasmo su reacción desproporcionada en un principio me amilanó, pero aguanté estoicamente cuando lanzó sobre mí el látigo de su lengua:
–¿Cómo te atreves después del desprecio que haces de mí?, –para continuar–: ¿Cómo has podido revelarte de esta manera contra tu madre? –Preguntó, arreciando en su desconsolado sollozo. Y prosiguió–: ¿Qué mal te he causado para recibir este ingrato pago?
El gimoteo cesó bruscamente para de súbito salir de su boca en un hablar entre dientes, una inflexible pregunta autoritaria que casi llegó a quebrarme emocionalmente:
–¿Me lo puedes explicar?
Un frío glaciar me invadió al escucharla. Por aquel entonces no sabía, o no quise saber, ya que en honor a la verdad, intuía el fundamento de su clamor. Pero estúpidamente lo reprimí.
Traté de aparentar aplomo, y armándome de un valor del que en realidad carecía, la increpé arrogante:
–¡No sé qué me estas echando en cara!

A la vez que iba enumerando las quejas dejando al descubierto mi necedad, la tierra se sacudía.
–¿Nunca te has detenido a pensar el por qué de los espasmos nerviosos que convulsionan mi útero dando paso al esporádico y furibundo oleaje que anega la tierra de cuando en cuando? ¿No me irás a decir que no has notado la furia de mis soplidos, ni los fogonazos atronadores iluminando a tu dueña, la noche? Claro, si no comprendes estas claras evidencias, mucho menos entenderás el sin sentido de la confusión de las estaciones.
Paró un momento el discurso y entrecerró los ojos como queriendo escudriñar mi interior para cerciorarse si estaba fingiendo ignorancia o no antes de lanzar de su asquerosa boca la última acusación.
–¿De verdad no te das cuenta de mi agonía?
¿Quién pensaba que era ella para acusarme con tanta infamia? Por supuesto que no se iba a ir de rositas. Decidido a zanjar la cuestión de una vez por todas, me atrincheré en mi fortaleza y la interpelé a la defensiva:
–¿No estarás intentando insinuar alguna responsabilidad por mi parte, verdad?
La rabia de su voz apunto estuvo de reventar el planeta cuando dijo:
–¡Nunca pude sospechar lo soberbio que podías llegar a ser!

No había acabado mi ofensiva cuando dio comienzo el principio del fin.

La ira empezó a acelerar mi corazón por la ofensa. Pero cuando la oí continuar diciendo zalamera e indulgente:
–Ahora queda claro para mí el padecimiento que te consume. Esta enfermedad hace pasar desapercibido para ti el efecto devastador que tu mano tiene sobre mí, por eso no eres consciente de estar provocando mi inminente muerte.
No podía dar crédito a tanta desfachatez. La indignación se hizo presa de mí y echando veneno por la boca dije:
–¡Hasta aquí podíamos llegar! –Y pasando al ataque me enfrenté a ella:– ¡Tú, y sólo tú, eres la única responsable! –La vi palidecer, pero seguí imperturbable apostillando–: ¡Sí, no me mires así con esos ojos de oveja modorra! ¿Tú que me lo has ofrecido todo, e incluso me has invitado a coger de ti lo que me apeteciese ahora me lo estás echando en cara? ¿Cómo puedes caer tan ba…?
No había acabado mi ofensiva cuando dio comienzo el principio del fin.
El cielo y la tierra se fundieron al compás de ensordecedores truenos dando lugar al corrimiento de los terrenos y a la aparición de interminables precipicios. Las aguas procedentes del deshielo, auspiciadas por un viento huracanado, se precipitaron a velocidad indescriptible hacia los mares, que al no poder dar cobijo en su seno a tan ingente cantidad, se desbordaron inundando el planeta.
Una ráfaga de viento me arrastró hasta hacerme caer en uno de los incontables abismos.
El impacto contra el duro suelo quebró todos y cada uno de los huesos de mi osamenta y aullé de dolor.
Visto y no visto el agua embravecida me cubrió con rapidez. Y ahora, cuando ya no hay solución, en mi último aliento, grito a los cuatro vientos el secreto que mi madre me contó en la esperanza de que si ella viese cumplido su deseo frustrado de parir una nueva especie, a ésta le llegue el eco de este lamento para advertirle de lo que le sucedió, por su soberbia, a la mía…


“La Agrupación Extremeña de Alcorcón en el Quinto Certamen de Narrativa, otorga el Premio de Accésit a Don Ignacio León Roldán 15/11/2008”


 

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