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A mi hermano del alma, Miguel Hernández

La libertad que tú y muchos junto a ti, defendisteis hasta las últimas consecuencias, tenía y tiene las alas demasiado amplias para ponerle límite.

A contracorriente de como casi todos aquellos que te quieren agasajar en el centenario de tu nacimiento, me niego a emular el ritmo de tus cancioneros y la métrica de tus poemas. Pero, eso sí, quisiera dedicarte unas pocas líneas en las que mostrarte aquello que mi ardiente y apasionado corazón percibe de esta nefasta sociedad, repleta de terneros mamones e insaciables de las ubres de la vaca sagrada, de la que tú formas parte, atreviéndome a hacer copia del sentimiento más hondo y visceral que poseías, y que, dichos chupones, imbuidos del afán de prestigio y fama, no logran interiorizar por más empeño que en ello manifiesten.
A modo de referencia, te diré, bajito al oído, que muchos de los que enarbolan tu bandera a bombo y platillo, inculcan a los que les quieren oír, que la libertad de uno “concluye” donde comienza la del otro.
Creo que estarás de acuerdo conmigo, allá donde te encuentres, que la libertad que tú y muchos junto a ti, defendisteis hasta las últimas consecuencias, tenía y tiene las alas demasiado amplias para ponerle límite. Por ello creo que la libertad de uno no puede, ni debe, acabar acotada por la del otro. Más bien, al contrario, ambas libertades deben unirse para complementarse y, juntas, ir creciendo sin limitación.

Estos adalides hacen apología de la tolerancia, término este que por bastardo, repudio y aborrezco.

Déjame que te diga, cómo estos adalides, del mismo modo, hacen apología de la tolerancia, término este que por bastardo, repudio y aborrezco. La conciencia universal más bien debe abogar por la comprensión de las mal llamadas diferencias, cuestión, esta última, radicalmente opuesta al concepto “tolerar”. Porque aquellos que juegan a permitir sufriendo, y llevando con fingida paciencia, algo que de por sí no tienen como lícito, sin aprobarlo expresamente, por este simple hecho, sus conciencias se instalan en un plano de superioridad, sobre quienes ellos perciben como disidentes, pero no así, los que tratan de comprender, ya que, estos se equiparan e igualan a los demás.
Por falta de espacio, omito en esta misiva muchos otros asuntos que, de mil amores, compartiría contigo.
Solo espero que, allí donde quiera que estés, goces eternamente de la libertad que con tantísimo vigor defendiste.
Para ti, y solo para ti, de uno de tus muchos hermanos, con todo respeto hacía el honor de tu alma invencible.
Fdo:  Ignacio León Roldán

 

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