Al principio y al fin

AL PRINCIPIO Y AL FIN

Nací hace tantísimo tiempo que ya he perdido la cuenta. Pero esta cuestión es baladí para la intención que me lleva a contarles la historia de mis últimos avatares.
Abordaré el tema comentándoles, cómo antesdeayer, al recibir la comunicación de un viejo amigo instándome a regresar a la tierra que me vio nacer, no me lo pensé dos veces para iniciar el recorrido de vuelta.
Asimismo procuraré narrarles, a grandes rasgos para no cansarles, el resultado de lo que me aconteció a raíz de emprender la marcha hacia mi nuevo destino.

Viajaba como única pasajera en un destartalado vagón de segunda clase inquieta por la incomodidad del asiento. Me aguardaba un largo trayecto, y aunque intentaba por todos los medios hallar una postura confortable esta se resistía. El desosiego cesó cuando por fin la encontré.
A medida que el tren aumentaba en velocidad, la ventanilla mal cerrada filtraba la húmeda brisa del otoño y mecía mis cabellos suavemente.
El olor al incipiente relente de la mañana junto al tranquilo traqueteo del compartimiento me relajó por completo.
No podía apartar la vista del paisaje, unas veces árido, otras fresco y lozano. Los postes de la vía se sucedían en rápida cadencia y provocaban en mi estado anímico una especie de inercia a la evocación del pasado.

Sucedió en un instante. Cuando quise darme cuenta estaba situada en la antigua trifulca mantenida con mi hermana menor poco tiempo antes de abandonar el hogar para siempre.
Ella era todavía una impúber cuando nos enzarzamos en una acalorada discusión.
La escena se me presentó como si se estuviese desarrollando en ese preciso instante. Su rostro se demudaba trasformándose en un rictus malicioso como nunca antes hubiera podido imaginar. Sentí el veneno de su ira proyectado en mis oídos. Sin ningún signo de pesar, dirigió hacía mi toda su rabia contenida.
–¡Lo que es, es! –Sentenció–
Y me escuché a mi misma replicarle con total serenidad:
–¡Lo que fue, será!

El recuerdo hizo que por mis mejillas se deslizaran unas furtivas y festivas lágrimas, tras experimentar, por un lado una enorme pena por su inesperada desaparición, y por otra la alegría de la intuición de un mundo completamente distinto sin su presencia.
A continuación repasé, como a cámara lenta, lo acontecido días antes de mi precipitada desaparición del entorno familiar.

Se acercaba la hora de comer. Me faltaba poco para llegar a casa. En el estómago, los clásicos aguijonazos de un apetito feroz, me hicieron alargar el paso. Quería salvar la distancia lo antes posible. Nada más llegar entré como una exhalación en la cocina. Rebusqué por todos lados. Al no encontrar nada me abalancé, a la desesperada, al único sitio donde sabía que algo encontraría: la despensa.
La frágil puerta se deslizo con suavidad. Cautivada por el olor de la fruta fresca del fondo, me introduje de cuerpo entero.
Esa mañana el viento soplaba de manera inusual, y la presión de la ventisca ensambló con violencia la hoja entreabierta de la fresquera.
A punto estuve de entrar en una crisis nerviosa cuando, al forcejear con todas mis fuerzas, no pude conseguir desencajarla. Presa de la desesperación, cuando iniciaba el amago de un grito de auxilio, repentinamente, escuché la repercusión de unas pisadas. Conforme se acercaban a la entrada el alarido fue abortado por un suspiro de alivio.
La áspera voz de mi padre tronó en la pieza:
–Hija, ¿por qué te regocijas en la crueldad del engaño?
Interesada en saber a qué se debía la porfía, presté oídos para no perder ripio del asunto que traían entre manos.
La incisiva pregunta tuvo la virtud de achicar el énfasis y la actitud de las exposiciones que la pequeña, sin ninguna clase de pudor, exponía en su defensa.
Aun a pesar de haber sido cogida en falta, mi hermana, con un cinismo que helaba la sangre, replicó como la cosa más natural del mundo:
–Papá, ¿es tan difícil para ti asimilar que las personas lo necesitan?
Hubo un corto silencio en el que solo llegué a escuchar un incipiente gruñido gutural por parte de mi padre.
La aflautada voz de la chica trató de zanjar definitivamente la cuestión:
–Aunque no lo creas lo piden a voces.
–Es increíble, desalmada y diabólica tú actuación. –Estalló mi padre.
El potente vozarrón emitido por él, tuvo el poder de hacer temblar las existencias de los estantes así como que la portezuela de la alacena se destrabase.

La parada fue brusca, seca y acompañada de un estrepitoso ruido originado por la presión de los frenos sobre el convoy.
La inusual parada del ferrocarril, en aquel apeadero de mala muerte, provocó la alerta del jefe de estación. De la atención pasó al asombro, hasta llegar a convertirse en una honda impresión, al advertir el aire tranquilo que desprendía mi porte cuando bajé el peldaño que me separaba del andén. Pero cuando se fijó en cómo oteaba a lo lejos y comprobó que en mis ojos se perfilaban unos destellos de frustración al no conseguir divisar el objeto de mi búsqueda, se le puso cara de pasmo.
Me hice la desentendida y, como si no estuviera allí, elevé la cabeza escudriñando el cielo. Presentaba como una especie de gran manto color café.
El viento, asistido como por un soplo repentino, puso en fuga desordenada las oscuras nubes que se alineaban como en orden de batalla.
Esta circunstancia motivó que la humedad de la montaña me acariciase el rostro e invadiese mis fosas nasales de su dulce aroma.
Quizás ese contacto fuese la causa de que recordase aquella mañana de clima idéntico en la que al despuntar el día, se obró en mí un interesante cambio.

Duró lo que el trino de un canario cuando asimilé que no es lo mismo verlo claro que pensarlo con claridad

Había pasado la noche excitada y absorta en la contemplación del discurrir de las tranquilas y limpias aguas del río, donde, en su día, me había instalado en una vieja cabaña abandonada. Allí, en la soledad más absoluta, aspirando el frescor de la brisa matutina, di rienda suelta a la imaginación y me dejé llevar.
De súbito caí en la cuenta de que los pensamientos los maduraba incoloros.
No sabría decirles el cómo ni el porqué, el caso fue que fragüé mil y una situaciones y traté con todas mis fuerzas de esmaltarlas con los más variados pigmentos. Resultó inútil. No hubo manera. Y como por arte de magia entreví la compleja paradoja que rige la mente.
La comparé con el día y la noche. Y deduje la contradicción que a todos nos asiste.
Nos complacemos con la visión de la espléndida gama de tintes y matices que la luz nos muestra.
Creemos a pie juntillas, sin saber muy bien por qué, que es la claridad la que nos ilumina y nos hace progresar. A su amparo, elaboramos las más complejas ideas, y las ejecutamos.
Mi cara cambió hasta parecer la de una estatua, al entender cómo en realidad esa luz, tenía la virtud de no dejarnos ver aquello que se esconde detrás de ella.
La risotada que lancé fue amplificada a lo largo del cauce por un extraño eco. Duró lo que el trino de un canario cuando asimilé que no es lo mismo verlo claro que pensarlo con claridad. Porque, bien visto, el matiz reside en que todo aquello, concebido al amparo de esa realidad luminosa, antes ha sido procesado en la oscuridad del pensamiento. Por lo tanto es esa negrura y no la claridad quien lo crea todo y nos hace crecer.
El contrasentido me hizo volver a soltar una tremenda carcajada, que por fortuna, me animó de nuevo, y contagió a la floresta de ambas orillas. Era maravilloso ver su excitación y cómo las copas se balanceaban alborozadas.
Vagué arriba y abajo de la margen inmiscuida en profunda meditación ante la inesperada e increíble revelación.
La verdad era que el hallazgo cambiaba por completo la visión arquetípica del sistema en el que predominaba mi hermana.

Un tenue centelleo en la gélida tarde iluminó la silueta de un pequeño y giboso hombrecillo entrado en años

El ruido de la locomotora, al iniciar de nuevo la marcha, me devolvió a la realidad.
Inhalé, hasta saturarme, del flujo fresco y puro como no lo había vuelto a respirar desde aquella lejana mañana.
El jefe de estación se acercó. Era el vivo retrato de la cautela. No sin recelo me ofreció la protección de la sala de espera destinada a los hipotéticos viajeros.
Rehusé el detalle con elegancia, y me excusé manifestando estar a la espera de un viejo y buen amigo que debía estar a punto de llegar.
Un tenue centelleo en la gélida tarde iluminó la silueta de un pequeño y giboso hombrecillo entrado en años. Las pisadas, balanceantes, marcando un ritmo descompasado, resonaban extrañamente ligeras.
Mis ojos no pudieron resistir la emoción, y una fina capa los humidificó, enturbiándolos, cuando vi como se acercaba la figura de mi longevo camarada.
Corrí a su encuentro con la rapidez de una niña pequeña. El abrazo del encuentro no fue suficiente para mí, así que con destreza y agilidad lo elevé como si de un niño se tratase estrechándolo contra mi pecho.
Una vez repuesta de la euforia, una negra sombra me oscureció el semblante y le reproché:
–¿Cómo no me avisaste antes para poder haber acudido con tiempo suficiente?
–La verdad es que me cogió de improviso –se excusó–. Eso sí, te he llamado nada más enterarme.
–Está bien –dije a la vez que le hacía un arrumaco.
–Venga vayamos de prisa a casa, –sugirió al mismo tiempo de quitarme la valija de las manos.
El imperativo de la invitación, junto a la acción de mi amigo, podía parecer, para quien no lo conociese, algo ruda. Para mí, conocedora de su buen corazón, no pasó desapercibido que nuestro reencuentro le producía una honda emoción.
Al llegar a la morada, él extrajo del interior del raído abrigo una antiquísima llave que siempre llevaba colgada al cuello. Por la dimensión bien podía pesar un quintal. Quizás por el eterno contacto con la humedad emanada por los vapores del gran río, en el que se ganaba la vida como barquero, pasando a la otra orilla a todo aquel que lo reclamase, lucía, incrustada, una más que gruesa capa de rancio óxido.
Sus dedos se convulsionaban cuando intentó introducir la llave en la cerradura. Tras varios intentos fallidos, se hundió con esfuerzo provocando el chirrido de los pivotes. Al girar, el mecanismo rechinó cómo si no hubiese sido solicitado desde tiempo inmemorial. Mientras yo pasaba al interior, él rodeo la cabaña para hacerse de un buen brazado de leña y un puñado de yesca.
Sin desprenderme del abrigo y la bufanda, cogí un barreño, estropajo, jabón y me dispuse a dar lustre a una roñosa cazuela, a dos platos metálicos y a un par de juegos de cubiertos. No había terminado la tarea cuando lo vi aparecer en la puerta. Con rapidez me sequé las manos en un paño de cocina y acudí a su lado para ayudarle a descargar. Apilamos en el centro de la chimenea una buena cantidad de troncos alrededor de un atillo de ramas secas. Él las prendió, y mientras yo remataba el aseo de los utensilios, avivó las inciertas llamaradas con la ayuda de un pequeño fuelle hasta conseguir una buena lumbre.
Con las estrébedes y el puchero en una mano y dos sillas con asiento de anea en la otra, me acerqué a la fogata.
Dispuse los asientos, uno a cada esquina del hogar, y nos acomodamos  al amor de la candela.
El calor del fuego tuvo la virtud de arrancarnos verdaderas muecas de placer, que no fueron incompatibles con la experiencia de sentir cómo un correr de hormigas acompañadas de suaves pinchacitos en pies, manos, rostros y orejas.
Una vez que nuestros cuerpos entraron en calor, deposité el soporte entre el rescoldo y coloqué encima el perol. Al adquirir la temperatura adecuada mi compañero depositó en el interior unas lonchas de panceta. De inmediato la cocina se impregnó del delicioso aroma a tocino en sazón. Dio varias vueltas a las tiras. Una vez que estuvieron en su punto las retiró repartiéndolas en los platos. Acto seguido, aprovechó la grasa soltada por el tocino para vaciar el contenido de cuatro huevos. Los removió lentamente con una cuchara de palo hasta que cuajaron y los añadió a los platos junto a las tajadas.
En la mesa que situamos al resguardo del fuego, comenzamos la merienda cena en absoluto silencio. Mientras merendábamos mi cabeza no dejaba de ir y venir en pensamientos, racheados e inconexos…
Realicé un ímprobo esfuerzo por no mirar atrás. Pero no fui capaz de dominarlos. El cerebro me trasportó a revivir –con detalle– un hecho crucial que fue determinante a la hora de tomar la decisión de abandonar la casa paterna.

En la orilla del río, donde en su tiempo me había instalado, removía los restos de la fogata que tenía encendida día y noche.
En seguida aparté de la red, que tenia sumergida en el margen, un par de peces capturados la tarde anterior. Los ensarté en una rama y los coloqué sobre el rescoldo. Estaba hambrienta.
Embelesada por los pequeños chispazos que la grasa del pescado originaba no podía apartar la vigilancia de ellos. Mientras esperaba a que se asaran me encontré meditando sobre el último altercado de mis padres poco tiempo antes de que dejaran este mundo.
Recordé que estaba atareada en la limpieza de mi habitación, cuando por entre los visillos los vi venir, de lejos, discutiendo. Por la exagerada forma de gesticular no cabía ninguna duda. Como estaba más que acostumbrada a las nada raras disputas entre ellos, proseguí con el quehacer.
Al entrar, la agresividad de las voces proferidas, me alertaron.
La bronca tenía que ser de órdago a la grande –pensé– por eso no me atreví a salir para mediar. En cambio si afiné el oído por si acaso tenía que intervenir.
Escuché como la chillona voz de mi madre defendía, con un ardor nunca antes demostrado, a mi hermana, y cómo mi padre, con sumo tacto, trataba inútilmente de calmarla.
Él decía no quitarle mérito a la pequeña, pero que si le obligaba a tomar partido, sin dudarlo, la balanza se inclinaría hacia mí.
La reyerta subió de tono. En un ataque de ira, de ella fluyó un frenético monólogo verbal que era del todo imposible de seguir. Sólo podía alcanzar a entender alguna que otra palabra, pero no lo suficiente como para comprender lo que exponía con tanta vehemencia.
–¡Calla de una maldita vez y escúchame! –Estalló como una traca la voz de mi padre.
–No dices nada más que palabras huecas, vacías y sin contenido. Estás empeñada en utilizar la misma charlatanería de los teóricos para expresar vagas ideas, exentas de sentido práctico. En un vano intento por satisfacer la demanda obsesiva de respuestas, que sólo a uno mismo corresponde encontrar.
–¿Cómo es posible que ni tú, ni la niña de tus ojos, no podáis aceptar las cosas tal y como son? –Expuso ella arrastrando las palabras. Y aullando como al borde de un ataque de histeria, remató–: ¡Si no lo admitís es por pura cabezonería!
–¿Y qué me dices de ti y de la chica? Es que no podéis asimilar otra realidad que no sea la vuestra. –Replicó mi padre con pasmosa tranquilidad.
–Tonterías. Muchas veces pienso que tú tienes mucha culpa de que la mayor sea como es. –Le acusó.
–Si, claro, –se defendió socarrón–, es mejor vivir al dictado sin mojarse por nada ni por nadie, como hacéis la pequeña y tú.
Dicho esto, por el pasillo resonaron los precipitados pasos de mi madre hasta acabar en la habitación matrimonial. Acto seguido escuché cómo intentaba reprimir los sollozos, sin conseguirlo.

“Esperanza, la alentadora de falsas expectativas, por fin ha sucumbido”.

Noté la presión de la mano, áspera cómo la lija, de mi amigo en la mía. A continuación, con incomparable delicadeza, consiguió alejarme de la abstracción, invitándome en voz baja:
–Anda vayamos a presentar nuestro respeto a tu familiar.
Un leve tironcito me hizo emprender el camino.
No habríamos recorrido la mitad del trayecto cuando mi camarada, que durante todo el tiempo parecía haber caído en una profunda reserva, rompió su mutismo.
Me comentó cómo, desde que yo faltaba, mi hermana siempre había estado dispuesta a escuchar a todo aquel que la solicitase. También, que a partir de haberme marchado, ella parecía haber tenido como una especie de imán para atraer a las personas, y cómo estas, una vez sentían su contacto, ya eran incapaces de separarse de ella.
–Como los insectos atrapados en una tela de araña. –Apunté pícaramente.
Los labios se le curvaron hasta casi rozarle el lobulillo de las orejas al escenificar en la mente el comentario, y con sorna contenida lo interpretó en alta voz:
–Sí, eso es, porque por más empeño que pongan los bichos por librarse de la maldita red, más se enredan en la misma hasta sucumbir en ella.
Al llegar, la cancela de entrada estaba abierta. No me supuso ningún incomodo traspasarla. Estaba acostumbrada a la soledad y el silencio.
Siempre en compañía de mi querido amigo, recorrimos los estrechos y entrecruzados senderos al cobijo de centenarios cipreses.
La emergente y pálida luna yacía boca arriba como si el viento la hubiese volcado. Hacía frío y la noche era tormentosa. Las ráfagas de un suave y gélido viento hacían difícil la conversación y nos enrojecía las caras.
El satélite iniciaba su aparición, y parecía sonreírnos con complicidad al dejar al descubierto una variada gama de colores amarillos que circundaban los muros del recinto.
El astro, así como de soslayo, emitió un breve reflejo que dejó al descubierto un rimero de tierra removida recientemente.
La pegajosa humedad impregnaba el ambiente. Sólo en dos metros cuadrados parecía haberse concentrado el vapor empalagoso de un mar de lamentos.
A la cabecera del montículo, en una vieja tabla clavada de forma provisional, alguien había inscrito unas palabras a fuego, en las que si se hacía un esfuerzo se podía leer:
“Esperanza, la alentadora de falsas expectativas, por fin ha sucumbido”.
Nos detuvimos a los pies de la improvisada fosa. Cruzamos las miradas sin despegar la boca. El silencio en ese instante se podía escuchar.
Un claro de luna, en su lento avance, recortó mi silueta, dejando a mi compañero en la más completa oscuridad.
En él, solo se apreciaban los ojos, que adquirieron un tamaño  desmesurado cuando presenció cómo, poco a poco, yo volvía a tomar el mismo aspecto de Diosa de mi niñez.
Nuestra presencia en el campo santo, velando digna y gravemente, los restos de mi hermana, trascurrió en un silencio sepulcral. La noche fue dura pero pasó con rapidez. Sin darnos cuenta a lo lejos comenzó a despuntar la mañana.
El amanecer se perfilaba completamente distinto.
Nada más abandonar el cementerio, mi amigo levantó el brazo y señalando el horizonte llamó mi atención:
–Mira, mira allí a lo lejos.
De la tierra al cielo iba tomando forma un arco iris que exhibía una infinita variedad de colores, como no había vuelto a lucir desde su primera aparición.
Me sentí sacudida por mi acompañante. Nuestros ojos se enfrentaron y mostraron la alegría que nos deparaba el inesperado cambio que daban nuestras vidas.
Fueron unas breves décimas de segundo lo que tarde en escuchar de nuevo la amigable voz:
–Al fin has regresado al sitio del que jamás debiste de salir, Libertad.
Arrebatada me abracé a él, y le susurré al oído, algo turbada:
–Para ti también vuelve a empezar lo que al principio hacías con verdadero placer, Caronte.
–Sí, tienes razón, –asintió embriagado– ya echaba de menos el pasar a la otra orilla a personas libres de la inútil esperanza de ser redimidas allí. Por que, como tú bien sabes, la auténtica redención se encuentra aquí mismo.
Sin poder contenerme ni un segundo más, exterioricé a voz en grito el sentimiento que invadía todo mi ser:
–¡Sííí!, ¡al fin volvemos a ser lo que fuimos al principio!

Inflamados de una euforia indescriptible nos sentimos entrar de nuevo en el corazón del género humano…

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