Ante la competición, la unidad de fuerzas.

Ante la imposición de las reglas, la trasgresión.

Por qué ella no dirigía el mundo. Por qué no lo hacía de forma plena y no a medias tintas, como era en realidad. Su cabeza no dejaba de dar vueltas en la resolución de ese enigma.

En un instante indeterminado en su cerebro se produjo un corto circuito. Comenzó a ver, cada vez con mayor claridad, las trabas que la hostigaban y la tenían anclada. En su mente, se formaron los primeros pasos de una ligera deducción. Empezó a comprender que el mundo está regido por tres pilares fundamentales: el deporte de competición, la política y los diversos dogmas. Estas columnas vertebrales ahogan a sus adeptos con la rivalidad, las normas impuestas por unos pocos y las diferentes doctrinas que son especialistas en el manejo del espíritu.

De todo ello dedujo que, mientras las personas no se dieran cuenta que ante la competición, deberían anteponer la unidad de fuerzas; que ante la imposición de las reglas, debían ser trasgresores; que es el conjunto quien debe decidir los criterios a seguir en sociedad; y sobre todo, que este asunto no se debe dejar en las manos de los que manejan el espíritu a su antojo… Mientras todo esto no sucediese, ella seguirá siendo un simple pacto de estos cimientos, una solución a medias tintas.

Tenía que hacerse comprender. Las personas deberían entender que tras las nacionalidades y razas el conjunto se deja llevar por sus sentimientos de proteger, alimentar, vestir y educar en el respeto a su descendencia, porque si a todos se nos desnuda, somos idénticos. Por ello dejarían de existir las competiciones, las reglas y el miedo cerval a la religiosidad, porque la verdad es que hemos venido a esta vida simplemente a vivir sin complejos y a ser felices.

Si esto se consiguiera, ella, Paz, dejaría de ser un pacto mal intencionado y se convertiría en la dirigente del mundo en su auténtico estado…

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