champar, el principio del fin

Champar: el principio del fin

Champar, echarle a a la cara alguien un beneficio, en tono desagradable. Y ese es el desenlace que le espera a ese ser único que conocías la semana pasada, ese ser tocado por la mano de la naturaleza, que muerde la mano de quien le da de comer…


Ahora queda claro para mí el padecimiento que te consume. Esta enfermedad hace pasar desapercibido para ti el efecto devastador que tu mano tiene sobre mí, por eso no eres consciente de estar provocando mi inminente muerte.

–¿Nunca te has detenido a pensar el por qué de los espasmos nerviosos que convulsionan mi útero dando paso al esporádico y furibundo oleaje que anega la tierra de cuando en cuando? ¿No me irás a decir que no has notado la furia de mis soplidos, ni los fogonazos atronadores iluminando a tu dueña, la noche? Claro, si no comprendes estas claras evidencias, mucho menos entenderás el sin sentido de la confusión de las estaciones.

Paró un momento el discurso y entrecerró los ojos como queriendo escudriñar mi interior para cerciorarse si estaba fingiendo ignorancia o no antes de lanzar de su asquerosa boca la última acusación.

–¿De verdad no te das cuenta de mi agonía?

¿Quién pensaba que era ella para acusarme con tanta infamia? Por supuesto que no se iba a ir de rositas. Decidido a zanjar la cuestión de una vez por todas, me atrincheré en mi fortaleza y la interpelé a la defensiva:

–¿No estarás intentando insinuar alguna responsabilidad por mi parte, verdad?

La rabia de su voz apunto estuvo de reventar el planeta cuando dijo:

–¡Nunca pude sospechar lo soberbio que podías llegar a ser!

La ira empezó a acelerar mi corazón por la ofensa. Pero cuando la oí continuar diciendo zalamera e indulgente:

–Ahora queda claro para mí el padecimiento que te consume. Esta enfermedad hace pasar desapercibido para ti el efecto devastador que tu mano tiene sobre mí, por eso no eres consciente de estar provocando mi inminente muerte.

No podía dar crédito a tanta desfachatez. La indignación se hizo presa de mí y echando veneno por la boca dije:

–¡Hasta aquí podíamos llegar! –Y pasando al ataque me enfrenté a ella:– ¡Tú, y sólo tú, eres la única responsable! –La vi palidecer, pero seguí imperturbable apostillando–: ¡Sí, no me mires así con esos ojos de oveja modorra! ¿Tú que me lo has ofrecido todo, e incluso me has invitado a coger de ti lo que me apeteciese ahora me lo estás echando en cara? ¿Cómo puedes caer tan ba…?

No había acabado mi ofensiva cuando dio comienzo el principio del fin.

El cielo y la tierra se fundieron al compás de ensordecedores truenos dando lugar al corrimiento de los terrenos y a la aparición de interminables precipicios. Las aguas procedentes del deshielo, auspiciadas por un viento huracanado, se precipitaron a velocidad indescriptible hacia los mares, que al no poder dar cobijo en su seno a tan ingente cantidad, se desbordaron inundando el planeta.

Una ráfaga de viento me arrastró hasta hacerme caer en uno de los incontables abismos.

El impacto contra el duro suelo quebró todos y cada uno de los huesos de mi osamenta y aullé de dolor.

Visto y no visto el agua embravecida me cubrió con rapidez. Y ahora, cuando ya no hay solución, en mi último aliento, grito a los cuatro vientos el secreto que mi madre me contó en la esperanza de que si ella viese cumplido su deseo frustrado de parir una nueva especie, a ésta le llegue el eco de este lamento para advertirle de lo que le sucedió, por su soberbia, a la mía…

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