Decisión

Decisión

Entonces le vino a la memoria, el hecho de llevar mucho tiempo divagando sobre la irrealidad del mundo donde habitamos. Quiso entender que la nuez representaba una especie de réplica de nuestro cerebro y que la claridad activaba la imaginación de otro mundo más real y certero…

–¿Dónde están los comprimidos para el dolor de cabeza, Rosa?

Estaba aseándose como de costumbre, nada más levantarse.

Al acabar de afeitarse la cabeza le dio un chasquido acompañado de un fuerte dolor que le hizo buscar un comprimido para aplacarlo.

–En el sitio de siempre –contestó Rosa.

Era la primera vez que Antonio sufría dolores de cabeza y estaba por volverse loco.

–Estás poniendo tus valores en tela de juicio permanente. No es de extrañar…

–No digas estupideces. Yo he tenido y sigo teniendo mis valores muy claros.

–Los que te conocen no dicen lo mismo; al contrario, dicen que estás desconocido.

–¿Qué sabrán ellos de lo que a mí me ocurre? –dijo Antonio enojándose.

Rosa después de rebullirse en la cama, buscó una posición más confortable ya que Antonio le había dejado la cama para ella sola y respondió:

–Tranquilízate porque lo único que vas a conseguir, es que te duela más. Anda vete a desayunar y piensa fríamente en lo que te acabo de decir. ¡Ah! Por cierto, llama después a tu madre.

–¡Qué le pasa ahora!

–No me acordé de decírtelo anoche, me dijo que la llamaras porque está muy preocupada –respondió socarronamente Rosa.

Realmente no estaba seguro de cómo había llegado a actuar de la manera en que lo hizo.
Todo empezó a cambiar a partir de la ingesta de una codorniz.

Se puso la bata de estar por casa y murmurando entre dientes, mientras iba a la cocina a desayunar, dijo:

–Después la llamaré. A ver qué tripa se le ha roto ahora.

Todo empezó a cambiar a partir de la ingesta de una codorniz.

Realmente no estaba seguro de cómo había llegado a actuar de la manera en que lo hizo. Tiempo atrás, cuando todos le creían indiferente, (confundiendo esto con la forma de vida desinteresada que llevaba), fue lo que por regla general se suele decir, feliz. Esto no quería decir que él se sintiera así, ya que se daba perfecta cuenta del interés y el afán de apariencia que lo rodeaba.

Estaba masticando, con placer, un bocado del ave cuando notó en el paladar un objeto extraño, como metálico. Al sacarlo de la boca lo miró y cuando se disponía a depositarlo en el borde del plato, con el tacto notó que la superficie del plomo no era lisa, lo que le llevó a examinarla apreciando unas protuberancias que le daban la forma de una diminuta nuez.

Se despreocupó pensando que se debería al roce con alguna piedra rugosa antes de incrustarse en el cuerpo del ave, y depositándola sobre el mantel de la mesa continuó comiendo.

No había terminado aún de comer cuando una luz brillante proyectada por el plomo con forma de nuez le llamó la atención y más aún al ver cómo la claridad lo aumentaba considerablemente de tamaño. Instintivamente lo cogió y lo puso en la parte del mantel a la que no llegaba la claridad. Asombrado vio cómo disminuía, volviendo a su tamaño natural.

Pensó en cómo la luz había hecho crecer al plomo, de forma anómala.

Entonces le vino a la memoria, el hecho de llevar mucho tiempo divagando sobre la irrealidad del mundo donde habitamos. Quiso entender que la nuez representaba una especie de réplica de nuestro cerebro y que la claridad activaba la imaginación de otro mundo más real y certero, que en el que por costumbre nos desenvolvemos de manera rutinaria y, cómo la carencia de luminosidad no deja a la imaginación su crecimiento, negándole su propio desarrollo.

Hizo balance de lo que había sido su vida hasta ese momento y la contempló desde todos los ángulos dando como resultado el que tomara la decisión que iba a marcar el resto de la misma.

Buscó por toda la casa los comprimidos. Al no encontrarlos volvió al cuarto de baño desesperado ya que la conversación le aumentó el dolor.

Hizo balance de lo que había sido su vida hasta ese momento y la contempló desde todos los ángulos dando como resultado el que tomara la decisión que iba a marcar el resto de la misma.

Rebuscó con ansiedad en los cajones de la mesita de noche el plomo con forma de nuez. Al hallarlo, lo depositó encima de la mesita para asegurarse de su intuición comprobando cómo una vez más el plomo se hacía del tamaño de un melocotón.

Todas las dudas se esfumaron y con decisión descolgó el auricular del teléfono, marcó un número y esperó.

–¿Sí, dígame?

–¿Andrés?

–Sí, dime Antonio –contestaron al otro lado de la línea. Sin esperar respuesta dijo de forma entusiasta, –te he reservado un buen puñado de acciones ¡Chico vas a ser la envidia de la ciudad! Menuda fortuna te vas a embolsar –dijo pensando en la comisión.  

–Te llamo sólo para decirte que no me interesan.

–¡Cómo! ¿Será una broma, verdad? –Dijo Andrés viendo esfumarse su porcentaje.

–Te aseguro que no es ninguna broma.

–No me lo puedo creer, no puede ser que tires por la borda la oportunidad de hacerte rico, –dijo Andrés incrédulamente.

–Pues así es, –replicó Antonio tranquilamente.

–Tú sabrás lo que haces –replicó desilusionado.

Ocultando el interés le invitó a pasar por su casa para enseñarle el Ferrari.

–No es necesario que me lo enseñes porque al sitio donde voy no me hace ninguna falta –contestó casi con desprecio.

–¿A dónde vas si puede saberse? –preguntó intrigado Andrés. 

–Nunca lo entenderías si te lo dijera –se despidió Antonio colgando. 

Rosa lo devolvió a la realidad preguntándole:

–¿Has llamado ya a tu madre?  

–¡Ay va! se me había olvidado. Ahora mismo la llamo.

Estaba harto de dar explicaciones de sus actos a todo el mundo pensando que ya era hora de dárselas a sí mismo

No hizo falta, en ese mismo momento sonó el teléfono. Al descolgar acercándolo a la oreja oyó la voz de su madre que le preguntaba:

–¿Hijo eres tú?, ¿qué tal estás?

–Bien mamá. ¿Y tú qué tal? –contestó Antonio.

–Bien, ¿cómo lo…? –su madre contuvo un sollozo.

–No te pongas melodramática –le recriminó Antonio.

Andrés ya se lo había contado.

–¿Hijo cómo has podido hacerlo? –Añadió sobreponiéndose. Y rompió a llorar.

–Porque estoy harto de engañarme, ¿no te parece suficiente? –Le contestó colgándole bruscamente.

Estaba harto de dar explicaciones de sus actos a todo el mundo pensando que ya era hora de dárselas a sí mismo, así que atrapó el plomo con forma de nuez de lo alto de la mesilla, lo introdujo en una bolsa transparente y se despidió de su mujer…

Al salir de la casa encontró que el día era el más oscuro que nunca había visto. No le dio importancia porque desde el momento en que tomó la decisión, y salió de la zona de confort que le proporcionaba su casa, a él solo le iba a guiar la luz que proyectaba el envoltorio que llevaba en la mano. Consciente de ello tomó el camino de ir a encontrarse a sí mismo…

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