El enlace con la libertad

El enlace

Lo había estado pensando tanto que, a decir verdad, no recordaba cuanto tiempo hacía. Lo que sí sabía, y esto lo podía asegurar a ciencia cierta, era que hacía tres meses había comenzado a hacer de minero en la ingente obra de horadar su propia zona espiritual; centímetro a centímetro, metro a metro, todos y cada uno de los más recónditos recovecos de su ser.

Hoy por fin había llegado a la meta. Quedó sorprendido, por lo inesperado de un descubrimiento, tan sumamente personal e intransferible, que por estar impuesto e interiorizado, en ningún momento se le había ocurrido cuestionarlo. Por esto mismo, se le había ocultado a sangre y fuego el feliz hallazgo. Y este no era otro que una verdad por completo diferente a todo aquello a lo que por lo común estaba acostumbrado.

En la medida de mis posibilidades, trataré de relatar la vivencia que nuestro personaje acaba de experimentar.

Había realizado un estudio preliminar, meticuloso en la forma y estaba dispuesto a llevarlo a cabo. Para ello, y dada la envergadura de la obra, se preparó síquicamente y tomó conciencia de las más que probables adversidades eventuales, porque en el fondo no sabía muy bien a que incierto páramo le llevaría la expedición.

El avance hacía las entrañas acababa de empezar. Trabajó con afán y esfuerzo, sin caer en el desaliento, todo el día. Al hacer un alto, debido al apunte del estómago pidiendo ser saciado, comprobó que solo había avanzado un exiguo centímetro. Entonces la duda le asaltó y, se preguntó si en realidad merecería la pena el intento de tamaña osadía. Su mente daba vueltas al asunto con la sana esperanza de encontrar una contestación que le satisfaciera. En un momento indeterminado, agotado de tanto giro, cayó en un estado de profundo sopor. No podría precisar cuanto tiempo llevaría en esta fase, cuando fue asaltada por un sueño angustioso. Si lo comento así como pesadilla o desvarío, es por no saber cómo calificar unos terribles temores, difíciles de describir, mezclados con inmensos placeres inenarrables.


Absorto en sus pensamientos no echaba en cuenta el ir y venir, ni  el subir y bajar, de pasajeros. Reaccionó, y prestó suma atención al llegar a sus oídos una voz de mujer que se le antojó lejana, como si la pronunciación fuese en off, que decía: “Ya falta poco para arribar a la ciudad donde se celebrará el tan sumamente rumoreado y popularizado “Enlace”.

Ahora al revivirlo, la única manera de plasmar lo soñado por nuestro personaje, es de forma figurada.

No sabría decir el cómo ni porqué, el caso era que se vio a bordo de un vapor movido por una descomunal rueda giratoria, parecida a las que se les pone a los hamsters en la jaula para mantenerlos en perfecta forma física, con la única diferencia de que la del paquebote estaba abierta. Las maderas que unían las circunferencias de los lados, al rozar la superficie del cauce, sonaban como el bramido de un león enfurecido. En un principio, la ferocidad del ruido atemorizaba a Antonio, pero a medida que la nave avanzaba, el infernal sonido pasó a ser un leve rumor que le relajaba. Con una serenidad desconocida para él se dirigió a popa. Allí pretendía otear el horizonte y contemplar las orillas, dado que la embarcación navegaba justo por el mismo centro del anchuroso río.

Absorto en sus pensamientos no echaba en cuenta el ir y venir, ni  el subir y bajar, de pasajeros. Reaccionó, y prestó suma atención al llegar a sus oídos una voz de mujer que se le antojó lejana, como si la pronunciación fuese en off, que decía: “Ya falta poco para arribar a la ciudad donde se celebrará el tan sumamente rumoreado y popularizado “Enlace”. No había terminado de retumbar en sus tímpanos el eco de la última sílaba, cuando otra palabra con aun más marcado acento de hembra clamó con vivas muestras de alegría, que no podía ser de otra manera, porque de por sí navegaban bajo el emblemático blasón de “EL ENLACE”. La frase repercutía aun en los recovecos de la mente de Antonio y, a esta se le sumo un hablilla que con modulación jocosa exclamó: “No puede ser de otra manera, porque este barco se dedica a hacer el mismo recorrido, aunque por múltiples y variados parajes, tantos como los intrépidos pasajeros que lo abordan, con la esperanza de conocer de primera mano a la afamada novia”.

De súbito un ligero golpe de timón, dado por una mano desconocida, ya que la nave no la gobernaba ningún patrón, hizo virar la popa a estribor. Antonio que iba del asombro al desconcierto, en centésimas de segundo, dirigió la mirada hacia la lejanía del nuevo rumbo. Adivinó más que vio un pequeño embarcadero en el que una ingente e impaciente muchedumbre agitaba las manos con los brazos en alto. La atmosfera trasportaba de aquella misma zona una algarabía de contento. Antonio intuía que el gentío tenía que llevar muchísimo tiempo a la espera de la llegada del navío. Los motores rugían quedamente al tomar posesión del muelle y, cuando la rampa de acceso hizo el inicio de bajada, una multitud de voces jubilosas aullaban de puro contento. El crujir del roce de las tablas del puente, al asentarse en las del improvisado embarcadero, contribuyó al atropellado abordaje del público que allí se hallaba reunido.

Antonio no daba crédito a la riada de personas que asaltaron el navío, para acto seguido, y sin orden previa, tomar al asalto la bodega desapareciendo de su vista. Recorrió desconfiado cada rincón a lo largo y ancho de cubierta, y corroboró lo que su instinto le decía. Estaba completamente solo. Comido por la curiosidad se abalanzó por las escaleras que partían hacía el fondo del cascarón por donde hacía poco había visto bajar al personal. No había llegado a la mitad del descenso cuando escuchó la aceleración del motor acompañado por una ligerísima sacudida como signo inequívoco de que el barco reiniciaba la marcha. Antonio que se había parado para no perder el equilibrio, siguió con su objetivo. A punto estuvo de caer  en redondo debido a la impresión de ver como allí no había absolutamente nadie.


De repente la mente paulatinamente aminoró la carrera hasta fijarse, con mirada retrospectiva, en los orígenes así como en las vivencias que tuvo a partir de haberse liberado de los prejuicios y el miedo ancestral a un ente superior y desconocido

El choque mental fue monumental. Se sintió desfallecer y tomó acomodo en el último escalón apoyando las espaldas en la barandilla y estirando las piernas todo lo que le fue posible a lo ancho de la escalera. La verdad era que la anchura no era mucha y tuvo que recoger los pies. Las rodillas se le elevaron a la altura del pecho haciendo que el conjunto del cuerpo se asemejase a una uve doble mal trazada. Con los codos descansando en los muslos se llevó las manos a la cabeza como si quisiera protegerla. Cerró los ojos en un acto reflejo con la pretensión  de resguardarla del vértigo que le producían la velocidad del giro de sus pensamientos.

De repente la mente paulatinamente aminoró la carrera hasta fijarse, con mirada retrospectiva, en los orígenes así como en las vivencias que tuvo a partir de haberse liberado de los prejuicios y el miedo ancestral a un ente superior y desconocido con la consecuencia de haber adquirido el conocimiento de sí mismo… Y pensó que ya le faltaba muy poco para conseguir el tan ansiado enlace con su amada libertad…

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