El espejismo del tiempo

El espejismo del tiempo

 
El sendero de acceso al demacrado y lóbrego palacete, era en exceso abrupto, empinado y por si fuera poco, se hallaba empedrado con rollos al estilo de calzada romana.
La marcha se le hacía en extremo penosa a causa del azaroso desnivel de la vía. Apenas podía adelantar los pies. A cada paso, un profundo dolor le estremecía.
A cada pequeña zancada, le acompañaba un lastimoso quejido coronado por una fatigosa inspiración. Parecía como si la queja le aliviase el malestar.
El anciano, a eso de la mitad del trayecto se sintió desfallecer. Con andar vacilante e incierto se dirigió a un cercano y milenario árbol, en el que apoyó la espalda. Se dejó caer despacio, muy despacio, hasta que las posaderas tocaron el firme.
Bajó los párpados con pasmosa lentitud. El paraje se difuminó y dio entrada a la rememoración de otros tiempos mejores.

Un golpe de viento heló las itinerantes reflexiones del viejo

El sendero, la mansión y el boscoso espacio circundante, habían sido la admiración del condado. Las fiestas y bacanales de las que fue patrocinador, le habían conferido fama de licencioso.
Torció el gesto, chasqueó la lengua con ironía, y se dijo ¡Qué tiempos aquellos!
Acto seguido se preguntó, ¿Pero que significado tiene esa enigmática unidad de medida?
Tictac, pronunció socarrón, al pensar que todo dependía del estado de ánimo en que uno se encontrase.
Aspiró profundamente una bocanada de aire fresco. Mientras se incorporaba lo expulsó con fuerza.
El avance de la marcha llegó al punto de resultarle escabroso y angustioso. A escasa distancia de la puerta de entrada a la casa solariega, le sobrevino un agudo dolor en el pecho. Se encorvó, y daba la impresión de que iba a desfallecer.
A duras penas consiguió la proeza de alcanzar la entrada, apoyó la palma de la mano izquierda en el portón. Con la derecha, a pesar de ser presa de un considerable temblor, acertó a extraer, del bolsillo de la americana, un manojo de llaves.
Las manos le temblaban mientras buscaba entre el puñado, la adecuada. Una vez encontrada, a duras penas, la introdujo en el rancio ojo de la cerradura. Este estaba desgastado por el uso, y poseía una considerable holgura. La manipulación le propició un estado de excitación que le ahogaba. Al final pudo encajarla. Se le templaron los ánimos. Giro el llavín, y un grave chasquido desgranó el anclaje de las piezas del mecanismo.
Le sonó extraño y bronco, el eco que resonó como un bombo en el interior de la estancia.
En un alarde de osadía, sacó fuerzas de donde no las había. Tomó impulso con la intención de hacer ceder la pesada hoja. Lo consiguió a duras penas. Ésta cedió despacio, muy despacio, acompañada por el chirrido de los desengrasados goznes.

Él había oído, a lo largo de su generosa vida, muchísimos silencios, pero este se le antojó insólito, advenedizo y anormal

En ese preciso instante, el cielo comenzaba a encapotarse. Se cubrió de aborregados nubarrones de un gris oscuro, y el estrépito de un furibundo relámpago, parecía querer partirlos en dos.
Un golpe de viento heló las itinerantes reflexiones del viejo. Fue una racha rapidísima, pero lo suficiente para que le calara el frío hasta los huesos.
A regañadientes la abertura de entrada se ampliaba contrariada, quejosa e irritada por el inverso deslizar del portón, que, poco a poco, sin prisa, iba dejando al descubierto la desnudez del vestíbulo.
El nonagenario, por instinto, hizo de las manos un cuenco. Las acercó a la boca y dejó salir de sus maltrechos pulmones, el poco y tibio aire que almacenaban, con la intención de hacerlas entrar en calor, sin conseguirlo.
Nueve campanadas retumbaron con extraño eco en sus oídos. La reverberación del interior parecía haberse sincronizado con los persistentes estallidos de los truenos, ya que, repentinamente, el lugar y sus aledaños se sumieron en un cobarde, cortante y nervioso silencio. El vello del cuerpo se le erizó y adoptó la pose de un perro de caza a la vista de una posible presa.
Él había oído, a lo largo de su generosa vida, muchísimos silencios, pero este se le antojó insólito, advenedizo y anormal.

El espíritu nunca envejece, discernió y arreció en las risotadas.

Casi sin resuello, y cada vez más fatigado, arrastró los pies por el brillante mármol de la vivienda hasta lograr acercarse a la humeante chimenea que, por azar, aún mantenía algo de rescoldo. Colocó sobre las ascuas, unos cuantos troncos de leña de encina, que se encontraban apilados en el lado izquierdo del hogar. Removió la ceniza con la ayuda del atizador. Los tizones se avivaron y dieron origen a la incipiente calidez de una pequeña lumbre.
Cuando comprendió que las llamas habían adquirido la suficiente fuerza, tomó acomodo en el sillón orejero, situado frente al hogar, y lo giró de forma leve. Así conseguía a un tiempo recibir el agradable, amoroso y tibio abrazo del calor desprendido por las brasas, y podía observar las agujas del reloj de pared, que colgaba en el rincón derecho a escasa distancia del lateral del fogón.
El semblante del abuelo reflejó el desconcierto. Una anomalía le hizo prestar excesiva atención a la esfera del carillón. Pensó que lo que estaba ocurriendo no podía ser verdad, ¿Cómo era posible que el péndulo en su oscilación, reflejase el color anaranjado de las potentes llamaradas, y sin embargo, las manecillas parecían estar como clavadas al fondo, sin avanzar nada en absoluto?
Cerró los ojos pensando que podía deberse a la paulatina pérdida de visión, que últimamente venía padeciendo.
Agudizó al máximo el fino oído que siempre había poseído, para ver si podía escuchar el agradable tictac del paso del tiempo. Nada, le resultó del todo imposible. Parecía como si las agujas y el silencio, se hubiesen compenetrado en un pacto diabólico
Entreabrió un poco los párpados, y se preguntó si en realidad tenía alguna importancia la asombrosa anomalía. Éste interrogante le hizo reflexionar sobre, si la dicotomía espacio/tiempo sería real o no.
La acariciadora, suave y dulce voz de su mente, cuando ladeaba la butaca enfrentándola al amor del fuego, le susurró:
“Todos tus actos se han desarrollado bajo la subyugación del mezquino flagelo del tiempo, sin caer en la cuenta de la imposibilidad que esa noción tiene de dominar la inmensidad del espacio.
“Tu creencia te hace ver el conjunto como dos partes divisorias, pero en realidad sólo es una y personal”.
Un rictus sardónico afloró en su semblante cuando cayó en la cuenta de la absurdez de tal concepto y en la determinante crueldad que este hecho tenía sobre la existencia. Su vida, pensó, no habría sido lo mismo si se hubiese atrevido a ser libre de esta dependencia.
La ironía se dibujó en sus labios, cuando imaginó como, con independencia de la edad, él siempre se había percibido en plena juventud, por más arrugas que el espejo se empeñase en mostrarle.
La percusión de la amplia sala, le devolvió amplificada las sonoras carcajadas emitidas cuando concibió como al espejarse, el reflejo lo único que había hecho era mostrarle su parte exterior y material.
El espíritu nunca envejece, discernió y arreció en las risotadas.
No bien hubo cesado la resonancia, en la estancia se instaló un silencio mortuorio.

“Ninguna de mis incontables amantes se podrían igualar a tu incomparable belleza”

El pecho, tras varias convulsiones, reaccionó. La aguja del segundero comenzó de nuevo su imperturbable tictac rompiendo la calma reinante en la silenciosa atmósfera.
Le faltaba el aire. Las manos, crispadas, luchaban en el afán de aflojar el nudo de la corbata de seda china.
Cuando por fin consiguió su objetivo, una desesperada inspiración oxigenó sus agotados bronquios.
La contemplación de una especie de nebulosa, de la cual iba emergiendo la silueta de una bellísima, arrebatadora y afable jovencita, tuvo el efecto de dilatarle las pupilas.
Excitado, la boca se le desencajó ante la fascinante aparición.
No puede ser verdad –se decía–, al ver como la sensual adolescente se le iba acercando, con su delicada, blanca y transparente mano extendida hacía él, y cómo sus finos y aterciopelados dedos, se anudaban a los suyos a la vez que le sonreía insinuante.
El anciano, casi sin fuerzas, se dejó llevar por la emoción, y dijo entre dientes:
–¡Qué imagen tan distorsionada tenía de ti!
La chica cada vez más coqueta, zalamera y sugerente le interrogó:
–¿Pues cómo me imaginabas?
De forma heroica, el viejo luchó contra el complot de sus vísceras. Estaba cansado, muy cansado, pero sacó fuerzas de flaqueza, y a golpes entrecortados consiguió balbucear:
–Vieja, fea, desdentada, con sayal y capucha negra y armada con guadaña.
Un golpe de tos le hizo palidecer y agriársele el rostro. Pero haciendo alarde de valentía, lanzado en un ataque camicace, quiso decir unas últimas palabras antes de entregarse:
–Sin embargo, ahora que me regalas tu dulce presencia, tengo la obligación de decirte, que ninguna de mis incontables amantes se podrían igualar a tu incomparable belleza, y a la espontánea pureza, de tu naturalidad.
La primera y más corta de las manecillas del carillón marcaba las nueve, la segunda un poco más grande, dieciocho minutos y la tercera y más larga, veintisiete segundos, cuando al nonagenario, un opaco manto le cubrió el joven brillo de sus ojos.
Al siguiente tictac la puerta del palacete se abrió de par en par. El abuelo quiso dar un último vistazo a la que había sido su casa. El recorrido fue fugaz.
Cuando, prendido de la mano de su nueva conquista, emprendió la travesía de su nueva andadura, en su faz se mostraba una enigmática mueca, y en la retina de sus ojos, la esfera del reloj, en la que, apoyadas en la parte baja, sujetas por el arqueado cristal y cubiertas por una considerable capa de polvo, yacían, inertes, las agujas…

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