la envidia

El problema de la envidia

“Su pensamiento le llevaba a preguntarse el por qué los demás tenían tanta suerte y a él se le negaba”

Él no era consciente del porqué estaba allí. Fue tal la angustia que había venido soportando toda su vida, la que le llevó donde se encontraba. Por más vueltas que le dio a la cabeza no asimiló su estancia en aquel lugar. Se esforzó en hacer un balance y rememorar las escenas en las que más fuerte se sintió soliviantado. La primera que le sobrevino fue cuando, en la adolescencia, a él le gustaba una preciosa jovencita que al principio se dejaba querer, hasta que un miembro de su pandilla se metió por medio y ella se decantó por su amigo dejándole abandonado, o por lo menos él así lo percibió. Otra fue cuando su hermano menor, Carlos, terminó los estudios y quedó el primero en su carrera. Él la había acabado a tiras y aflojas, por ello la rabia le consumió. Él se compró un pisito en el extrarradio, ni grande, ni chico, y a los tres años de haberlo comprado, Carlos adquirió un chalet muy amplio en la ciudad, cuando esto ocurrió se sintió morir. Él tenía un coche de gama media y Carlos se hizo con uno de alto standin. Y él, cuando nadie le podía ver, rechinaba los dientes al conocer que cualquier amigo o vecino adquiría algún objeto valioso. Su pensamiento le llevaba a preguntarse el por qué los demás tenían tanta suerte y a él se le negaba. En todas y cada una de esas ocasiones se le aceleraba el pulso hasta provocarle taquicardias que le dejaban exhausto y apático. Las mujeres de los demás le parecían mucho más bellas y exuberantes que la suya y llegaba a pensar que todo el mundo era más feliz que él.

“El problema de su hermano siempre había sido la envidia. Lloró en silencio y se hizo propósito de enmienda, pero le duró bien poco”

De repente escuchó unos pasos lentos por el pasillo y aguzó el oído. Las pisadas pararon al otro lado de la puerta y puso toda su atención para enterarse de lo que estaba pasando. Entonces oyó decir a Carlos, a alguien, que el problema de su hermano siempre había sido la envidia. Con este comentario tuvo como una especie de fogonazo mental el cual le hizo comprender que Carlos tenía toda la razón. Lloró en silencio y se hizo propósito de enmienda, pero ésta duró bien poco, ya que al llegar Carlos, acompañado de un médico, a los pies de la cama, el monitor de signos vitales ya marcaba una línea plana…


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