El puente final

EL PUENTE (continúa)


Continúa el pasaje de El puente que incluye mi novela El dragón y la rosa. Fidel ha presenciado sobre el puente una escena dramática que le ha traumatizado. Sus compañeros de baño no le creen y su nerviosismo va en aumento:


El estado de nerviosismo hizo que, por la frente, rodara una nutrida transpiración, cuando el forastero…

Habían pasado tres días desde el macabro avistamiento cuando, al caminar a la salida del colegio por una de las callejuelas ya muy cercana a su casa, el “Chiqui” quedó envarado por lo inesperado de la situación que se presentaba en la cercana esquina que partía la calle en dos. Por ella doblaba, en su dirección, el protagonista de la tremenda escena del puente. El estado de nerviosismo hizo que, por la frente, rodara una nutrida transpiración, cuando el forastero, como a eso de cinco escasos metros, se paró en seco y lo examinó minuciosamente. En la mirada del extraño, quiso entender que le citaba para esa misma tarde, en su misma calle a la hora que el barrio rendía culto al sueño. Cuando el foráneo comprendió que había entendido, reinició su deambular por la acera de enfrente.

A la madre del “Chiqui” le extrañó la normalidad anormal con que se desarrollaba la comida, así que, algo amoscada, se interesó por si le había sucedido algún percance en la escuela, a los que con resignación, estaba de sobra acostumbrada.
─No mamá, no me ha ocurrido nada, sólo que estoy muy cansado.
La sorpresa de la madre fue monumental, era la primera vez en su vida que escuchaba al hijo hacer ese tipo de comentario. Ello le llevó a insinuar:
─¿Por qué no te acuestas, a ver si así se te pasa?
Si pasmada se había quedado cuando el hijo aseguró estar rendido, alucinó aún más, cuando este sin rechistar, ni formar bronca, aceptó irse a la cama sin demora.

El vigilado no se atrevía a moverse del sitio, así que, la atención de “Chiqui”, iba de este al vigilante.

Estuvo acurrucado hasta que empezó a oír, como de costumbre, los incipientes resoplidos del descanso de la familia. Para cuando arreciaron, él ya estaba en la calle. Tres puertas más allá de la suya, atisbó al desconocido que parecía estar esperándole. Este lo miró de reojo, pero sin perder de vista al personaje de su vigilancia. El gesto del extranjero le hizo barruntar que allí iba a ocurrir algo gordo.
El vigilado no se atrevía a moverse del sitio, así que, la atención de “Chiqui”, iba de este al vigilante.
La tragedia envolvía el ambiente, y el aire transportaba efluvios de futuro cadáver.
El paso del tiempo se ralentizó hasta el punto de parecer detenido.
El “Chiqui” no sabía si moverse o no, cuando sus cuatro amigos aparecieron en escena.
El “Sorderas” dijo al “Chiqui” que había recibido una nota del “Centinela”, en la que le decía que el “Napias” se la había pasado para que, a su vez, él se la diera al “Vista alegre”, para que todos juntos asistieran a esa hora a la puerta de su casa. Tras dar la pormenorizada información, le preguntó qué pasaba para que, esa tarde, dejaran de acudir a la Alameda. Los cuatro amigos quedaron a la espera de una explicación, por su parte.
Entonces, el “Chiqui” dijo entre dientes:
─¿Veis ese ejemplar que vigila a aquel otro?
─Sí, –contestaron en el mismo tono los colegas.
─Es el mismo que hace cuatro tardes, vi tirar un cuerpo al río ─Afirmó tajante el “Chiqui”.
A continuación los invitó a tomar asiento en el suelo a la espera de ver como se iba a desarrollar la contienda.
Los camaradas no entendían qué podía esperar su amigo que sucediese, pero todos a una fijaron la máxima atención sobre el susodicho vigilante.
La forzada observación provocó que los ojos les comenzaran a lagrimear, pero los hechos se sucedieron, de modo increíble, justo a los treinta y tres minutos.

No pudieron resistir la tentación de seguir de lejos al criminal, al cual los ojos le brillaban de una forma especial, como entre triunfante y vanidosa.

El vigilado dio un salto al centro de la calle. No le dio tiempo de iniciar la fuga cuando el vigilante, realizando un perfecto quiebro, le corto la retirada.
Lo que ocurrió a continuación fue delirante ya que sucedió en milésimas de segundo. La huida frustrada terminó con una sobrecogedora muerte.
Nuestros amigos pensaban haber sido los únicos testigos, pero allí no estaban solos, porque, ocultos detrás de un espeso matorral, unos ojos verdes y almendrados, no habían perdido detalle de lo sucedido.
Los cinco amigos no pudieron resistir la tentación de seguir de lejos al criminal, al cual los ojos le brillaban de una forma especial, como entre triunfante y vanidosa.
Se sabía escoltado, pero eso parecía llenarle de un orgullo que trasmitía en su forma altiva de andar.
Cuando quisieron darse cuenta estaban muy cerca del asesino, justo en el pretil de la pasarela, donde, por debajo, la corriente era la más belicosa de las muchas que abrigaba el ancho cauce.
─Y ahora ─comunicó el “Chiqui” al resto─ apoyará las manos en el pretil y lanzará el cuerpo a la corriente.
No bien hubo terminado de hablar cuando, fielmente, los hechos ocurrieron como había pronosticado.
Siguieron el cuerpo sobre el agua hasta que se hundió. Para cuando quisieron volver a estudiar la fisonomía del homicida, este ya había desaparecido.
Volvieron sobre sus pasos, y por el camino les acompañó un grave silencio.
Al término de las clases de esa tarde, se volvieron a reunir, y esta vez se encaminaron extramuros, donde había una granja y un huerto sembrado de melones. Allí pensaban dedicarse a una de sus travesuras preferidas, que consistía en agenciarse un par de jugosos frutos, para dar buena cuenta de ellos, a la vuelta de su afición favorita, cazar ranas, en un arroyo no muy  lejano.
Lo que no sospechaban era que se volverían a encontrar con el matón  que estaba, como vigilando, la granja y el huerto del “Tío Chico”.
Al verlo de lejos, obviaron la rapiña de su fruta preferida, y dieron un largo rodeo para alcanzar el arroyuelo desde el que se podían divisar con perfecta nitidez los Castillos que coronaban el punto más alto de San José de Valderas..
Parecía como si esa tarde se hubiera confabulado en su contra, porque, al llegar, encontraron que sus enemigos más acérrimos habían tomado posesión de la zona prohibida para ellos.
Tras unas palabras que por momentos subieron de tono hasta estallar como la pólvora, se ensañaron en una batalla campal, a pesar de que el bando contrario contase con tres efectivos más. Pero con la fuerza que da la salvaguarda de una zona que era suya, por la herencia de los padres de su poblado, que se la habían disputado con los progenitores del otro distrito, durante dos largos años, y como en la batalla final se alzaron con la victoria, desde entonces les pertenecía por derecho de conquista, hicieron poner pies en polvorosa y algo maltrechos, a los invasores.
En la escapada, el bando enemigo se mofaba de ellos, porque, según decían, ya se les había acabado el chollo de birlarle impunemente al “Tío Chico” los huevos de la granja, y los melones. Ellos acusaban, a los fugados, de ser unos chivatos, a lo que los contrarios, ya desde lo alto de la ladera que separaba a un distrito de otro, no se daban por aludidos, y les contestaban arreciando en las burlas, que a ver si a partir de ahora tenían los suficientes cojones de enfrentarse con el guardián que, hacia unos días, se había hecho traer de lejos, el dueño de las haciendas.

La pandilla, que en cada uno de los crímenes, había sido avisada por el homicida, de una u otra forma, para que fueran testigos de excepción

Así, de esta ingrata manera, llegaron a enterarse de quién había contratado al asesino.
De los tres meses del periodo estival, a un promedio de tres muertes por semana, el fondo del río albergaba en su seno treinta y seis cadáveres, capturados en las distintas callejas del poblado. Eso sin contar ─por no tener constancia─, la cantidad de muertos que, el matón, hubiese dejado a su paso, allá por donde quiera que hubiera andado.
Un día de la última semana, a eso de media tarde, en el mismo lugar del segundo asesinato, se produjo un desenlace inesperado.
El “Chiqui”, junto al “Napias”, el “Sorderas”, el “Vista Alegre” y el “Centinela”, llevaban observando, unos tres cuartos de hora, las espaciadas rondas del matón, alrededor de la base de un árbol, a la misma vez que estudiaban el centelleo de las retinas, (verdes con puntos amarillentos en el centro de las pupilas), de unos ojos almendrados que no perdían el más mínimo detalle, de los más insignificantes gestos del asediante, desde lo más alto de la copa del árbol.
La pandilla, que en cada uno de los crímenes, había sido avisada por el homicida, de una u otra forma, para que fueran testigos de excepción de su prodigiosa habilidad en las ejecuciones, esperaba con el alma en vilo el desenlace. Pero su mente no estaba preparada para lo que esa tarde iba a ocurrir.
Los cuarenta y cinco minutos que el matachín llevaba merodeando alrededor de la base del árbol, sobrepasaban con mucho la resistencia de las victimas anteriores. Todas sin exclusión con su sola presencia, la aviesa mirada, y la presión a la que eran sometidos que los hacia estremecer, no habían aguantado la tensión a la que eran forzados, ni la mitad del tiempo para acabar dándose a la fuga en una huida precipitada.

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