El puente, final de la historia

EL puente (final)


 Aquí concluye este relato incluido en El dragón y la rosa, una escena que sucede a la hora de la siesta cuando una pandilla de chavales son testigos de una escena criminal:


La cólera fue adueñándose del verdugo que, impaciente, se abalanzó sobre el tronco

El criminal era consciente del efecto psicológico que provocaba, por eso la entereza de quien había sido elegido para el sacrificio le hacía crecer, en su vapuleado ánimo, un furor incontenible. La cólera fue adueñándose del verdugo que, impaciente, se abalanzó sobre el tronco como tratando de subirse por él. Al no conseguir el objetivo, se irguió y de forma espasmódica arañaba la corteza y gruñía amenazador. El acorralado, al darse cuenta de la desesperación del agresor, como para incitarlo a cometer un error, bajó raudo a la primera rama, después de haber estudiado el salto y la distancia que le faltaba al enemigo para alcanzarla. Al agresor, ante la nueva e insólita situación, se le incendiaron los ojos presa de una rabia irrefrenable y volvió a intentar la escalada. Era justo lo que pretendía el atacado. Con una sangre fría que helaba la sangre le enseñó los colmillos, aguzados como alfileres y acompañó el gesto con un tremendo maullido a la vez de lanzarle un zarpazo que le alcanzó la oreja derecha.
El perro, más que ladrar, aullaba, no por el dolor del desgarro, más bien era por la resistencia que el trofeo le ofrecía.

El asesino gruñó quedamente. La cara se le transformó y adquirió un rictus maléfico que ponía la carne de gallina al más osado

El gato, satisfecho con el resultado de la hazaña, regresó a la copa y desde allí pareció como si sonriera al dirigirles una ligera mirada a los chavales que no salían de su asombro.
Así, de esta manera, pasaron como media hora repitiendo la misma escena con la única variante de que el gato no consiguió volver a acertar en los zarpazos.
El acoso y la refriega duraba ya algo más de treinta minutos cuando, atónitos, vieron cómo, la presunta víctima, se lanzaba en un espléndido salto acrobático, de la copa al vacío. El asesino gruñó quedamente. La cara se le transformó y adquirió un rictus maléfico que ponía la carne de gallina al más osado, y se preparaba para dar el golpe final. Las almohadillas de las patas de la presunta victima, amortiguaron el tremendísimo impacto, sobre el firme del suelo. El asaltante esperaba que la presa saliera corriendo por el único punto posible para la fuga, así que cubrió, con un majestuoso semicírculo, la retirada, pero tuvo que refrenar la acometida de golpe, porque el astuto y pícaro felino, no se movió ni un solo milímetro del lugar donde había aterrizado. La indecisión del sabueso le iba a costar demasiado cara, porque la victima se le enfrentó cara a cara. Fue un reducido segundo, pero lo suficiente para que el minino diera un brinco fenomenal, en el aire, y cosa antes nunca vista, se girara en redondo para caer sobre el cuello de su ancestral enemigo, para que la cabeza de ambos, quedara en la misma orientación. Si rápida había sido la ejecución de la espectacular acrobacia aérea, más aún fue la salida de las uñas, afiladas como garfios, del interior de las almohadillas, para, sin misericordia, hundir las zarpas traseras en las paletillas del animal, las de la mano delantera izquierda, se clavara con precisión de cirujano, justo por detrás de la oreja del mismo lado y con la derecha, de dos certeros zarpazos vaciarle los ojos, al engreído saco de pulgas.

Avisado por alguno de los vecinos, apareció por la calle el “Tío Chico”

El gato, desde la distancia miró un instante a los cinco amiguetes, y guiñó a todos pícaramente, como si quisiera decirles que, a cada desalmado le llega la hora de rendir cuentas.
Los chavalillos, lo aplaudían mientras se perdía de vista.
Los lastimeros aullidos alertaron a la vecindad que, curiosa, se concentró en el lugar de donde provenía el escándalo. El espectáculo que presenciaron fue dantesco, al ver como al animal, las convulsiones de dolor le hacían arrastrarse frenéticamente por el suelo, dejando a su paso un rastro de sangre. Pero lo peor era verle las cuencas de los ojos vacías sangrando en abundancia.
Avisado por alguno de los vecinos, apareció por la calle el “Tío Chico” que, al observar el lamentable estado de su perro guardián, lo trató de calmar con un tono suave de voz, al que acompañaba con leves y suaves caricias. El sabueso no cedía en los lastimeros gruñidos e incluso parecían acrecentarse. El hombre sin más miramientos lo alzó sobre su pecho, para llevárselo a la hacienda.
Al poco, la calle se despejó. Sólo quedaron en ella los cinco colegas  que, entre risas, comentaban la fantástica venganza, así como la increíble pirueta aérea gatuna.

La atardecida ya se confundía con la noche cuando se escucharon, nítidamente, en la lejanía, dos descargas de la escopeta de cartuchos del “Tío Chico”

Cada uno, a pesar de haber visto lo mismo, daba su propia versión sobre el hecho, pero en lo único que se ponían de acuerdo era que el curso de la delirante pelea había sido apoteósico. El “Vista Alegre”, bizqueando hasta hacer prácticamente desaparecer los ojos detrás de la nariz, lanzó una pregunta al vuelo:
─¿Qué creéis vosotros que pensaría el gato mientras le sacaba los ojos?
Cogidos de sorpresa, no sabían qué decir. Luego de estar mucho rato callados y reflexionando sobre la pregunta, el “Chiqui” sentenció:
─Nada.
─¿Cómo que nada? Algo tendría que pensar ─dijo el “Napias”.
─Creo que en esos momentos sólo intentaba sobrevivir ─Rebatió “Chiqui” de modo trascendental.
La atardecida ya se confundía con la noche cuando se escucharon, nítidamente, en la lejanía, dos descargas de la escopeta de cartuchos del “Tío Chico”…
A los cinco la sorpresa les hizo mirarse, interrogantes, unos a otros.
El “Vista Alegre” fue quien primero habló:
─Creo que el “Tío Chico” acaba de sacrificar al perro.
Los demás asintieron con un movimiento de cabeza. Luego de pasado un minuto, al “Chiqui” se le ocurrió una idea que iba tomando forma en su cabeza y la expuso mientras la maduraba:
─Si el amo del perro lo ha matado por serle ya inútil, no creo que se vaya a tomar la molestia de enterrarlo…
─¿Y que va a hacer si no? –Le cortó el “Napias”.
─Pienso que hará lo mismo que el asqueroso chucho hacía con los gatos que se le cruzaban en el camino.
El “Sorderas” que parecía como si hubiese recuperado por completo el oído, y no se había perdido nada de lo que se estaba hablando dijo:
─Vámonos corriendo a la Alameda y así lo comprobamos.

El silencio del grupo se hizo por momentos cortante al divisar el paso cadencioso y solemne del personaje.

El “Centinela”, que no las tenia todas consigo entonces, puso como pretexto que ya era la hora de cenar, y que si se retrasaban, los palos en casa iban a ser memorables.
─¿Qué pasa, es que ahora nos vamos a volver gallinas? Que nos den los que quieran, pero si estoy en lo cierto, no nos vamos a perder un espectáculo nunca antes visto.
A los amigos se les esfumaron las dudas sólo con imaginarlo. El primero en salir corriendo fue el “Sorderas” seguido de cerca por el resto.
Cuando arribaron en la Alameda tomaron posiciones entre la arboleda. Pasaba el tiempo y sólo de vez en cuando acertaban a pasar por la pasadera alguna que otra persona.
Desesperaban y recriminaban al “Chiqui” su excesiva imaginación, pero éste, obstinado, se defendía con un “todavía no es tarde”.
Pasó otro largo rato y el “Sorderas”, harto de esperar, iniciaba la retirada el primero, lo mismo que había hecho para llegar hasta allí, cuando de improviso lo paró en seco la voz de aviso del “Centinela” que anunciaba la entrada, en la pasarela, del “Tío Chico” con el cuerpo inerte  del matachín, en los brazos.
El silencio del grupo se hizo por momentos cortante al divisar el paso cadencioso y solemne del personaje. Los chavales clavaron los ojos en la figura, como una junta nocturna de búhos, hasta que ésta se detuvo justo en el mismo sitio elegido por el perro matarife para deshacerse de sus victimas.
La expectación fue en aumento al observar cómo, sin contemplaciones, el cuerpo muerto era depositado en el pretil del puente para, acto seguido, de un certero empujón, ser lanzado al vacío.
El denso silencio de la noche en Alcorcón fue interrumpido por un ligero “choppp” de una rapidísima inmersión…
De El dragón y la rosa

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