la siesta y el puente

EL PUENTE principio


Un fragmento de mi novela El dragón y la rosa. Fidel Osadía Valiente, el protagonista, recuerda un momento de su infancia que le marcó especialmente. En el Alcorcón imaginario que en estas cortas páginas se va a plasmar, nada revelaba la emoción bulliciosa de una cuadrilla de chavales en la rivera… En el puente…


En la hora de la siesta…

Intramuros, haciendo gala de la ancestral costumbre de cualquier país Mediterráneo, la población respetaba la hora de la siesta. La vecindad, ajena a las manifestaciones de algarabía que cada tarde se desarrollaba en las limpias aguas del caudaloso río que circundaba extramuros, se hallaba inmersa en un profundo y soporífero sueño. En las casas imperaban oníricas ensoñaciones. Algunas eran sumamente plácidas, pero otras se presentaban como espantosos sueños colmados de angustia.
El extremado calor estival se hacía notar. El distrito a esas horas parecía una barriada fantasmal. En el arrabal cualquier ruido por insignificante que fuera era magnificado por el sopor de los profundos sueños.

El horario del período de descanso obligado, lo transgredían para disfrutar del frescor, de las limpias y reconfortantes aguas del río

El “Chiqui”, era un chavalillo que se enorgullecía de ser uno de los integrantes de una pandilla cuyos componentes tenían su misma edad y era catalogada como la más traviesa de los alrededores.
El grupo tenía un secreto bien guardado. Este era que, poco o nada, les gustaba echarse la siesta.
El horario del período de descanso obligado, lo transgredían para reunirse clandestinamente en la Alameda cercana a sus respectivos domicilios, para disfrutar del frescor, de las limpias y reconfortantes aguas del río. Allí, mientras el barrio dormía, ellos gozaban lo inenarrable; jaleándose y salpicándose, unos a otros, a la par de darse las consabidas aguadillas, y las siempre estimulantes carrerillas desde la línea divisoria de los árboles, para comprobar quién era el más rápido en zambullirse en el agitado caudal. Pero sobre todo, de lo que más gustaban, era de bañarse en pelotas picadas.
A esas horas, era casi imposible que nadie acertara a pasar por el puente romano, pero si por casualidad alguien lo hiciera, poco o más bien nada, les importaba ya que casi todo el tiempo los cuerpos estaban cubiertos por el agua.
Tenían calibrada la duración del periodo del despertar del barrio por lo que, como a eso de quince minutos del comienzo del resurgir a la actividad, y dejar de lado, los habitantes, el beneficio del descanso, ellos ya estaban metidos en sus respectivos catres, haciendo ver, cuando las madres los llamaban para levantarse, que no querían terminar la siesta, y se hacían los remolones para no levantar sospechas sobre su furtiva escapada.

Allí, sólo, escondido al amparo de un viejo álamo, empezó el ritual de desnudarse y colgar las piezas en las ramas del árbol a resguardo de la suciedad de la tierra

Esa tarde, el “Chiqui”, como de costumbre, nada más empezar la filarmónica de las primeras agitadas respiraciones, aguantó un poco más en la cama, hasta que comprobó que estaban en la fase más profunda. Saltó del catre deseoso de alcanzar la calle lo antes posible y, como siempre, anduvo por la casa descalzo. Para no hacer ningún tipo de ruido que alertase a los durmientes. Una vez abierta la puerta principal, con sumo cuidado, la volvió a cerrar, con la llave a medio giro, para que el resbalón de la cerradura no hiciese el menor ruido. Luego de conseguir su objetivo, echó a correr como alma que llevara el diablo, con la intención de llegar a la Alamedilla el primero. El esfuerzo mereció la pena, porque, el empeño, al final dio su fruto.
Allí, sólo, escondido al amparo de un viejo álamo, empezó el ritual de desnudarse y colgar las piezas en las ramas del árbol a resguardo de la suciedad de la tierra. Cuando iba a quitarse los calzoncillos, el sexto sentido, hizo que se girase a mirar hacía al viejísimo puente.
No daba crédito a lo que acertaba a ver. Los pelos se le pusieron de punta cuando comprobó que, desde la pasadera, unos ojos inyectados en sangre, se clavaban en él como cuchillos de filo muy aguzado, sin perderle de vista. Las piernas se le aflojaron y tuvo la necesidad de dejarse caer al suelo y apoyar la espalda al tronco del árbol. Las retinas del siniestro personaje parecían proyectar una maligna sonrisa cuando le recorría la anatomía. El no saber qué hacer en ese momento, si echar a correr o quedarse donde estaba, sin mover un solo músculo, hacía mella sobre su estado anímico. No duró en demasía, porque, de manera imprevista, sucedió lo inaudito. El individuo que estaba situado en la pasarela, justo en el arco del puente donde la corriente era más brava, apoyó las manos en el pretil y lanzó al agua un cuerpo inerte que fue arrastrado en un batir de pestañas a considerable distancia, hasta que, irremediablemente, desapareció en la profundidad del vigoroso cauce.

Se zambulló con el amigo, pero eso sí, sin perder de vista, ni un momento, el puente, por si volvía por allí el criminal

El sujeto le dirigió una última y fulminante ojeada antes de retirarse. “Chiqui” se incorporó de un salto y se agarró al tronco, para seguir, como hipnotizado, la retirada tranquila y parsimoniosa del asesino.
No había terminado de desaparecer, cuando llego acezando el “Napias”, cuyo apodo se lo había ganado por la generosidad de su prominente nariz, que se asemejaba a la de Cyrano de Bergerac, en su etapa adulta. “Chiqui”, con un nerviosismo inhabitual en él, le urgió para que se diera prisa. El amigo aceleró el paso intrigado. Al llegar a su lado dijo:
─¿Qué te sucede, has visto algún extraterrestre?
─Mucho peor que eso, mira, mira allí, ¿ves aquella figura que se aleja y toma el recodo al final de la pasarela? Acaba de lanzar al río un cuerpo muerto.
Para cuando el “Napias” acertó a mirar al sitio indicado, allí ya no había nadie.
─Estás para que te encierren ─aseguró─ Y, como quitando hierro al asunto, le invitó a meterse en el agua antes de que llegasen el “Sorderas”, el “Vista Alegre” y el “Centinela”.
A regañadientes, a causa de la fortísima impresión que acababa de recibir, se zambulló con el amigo, pero eso sí, sin perder de vista, ni un momento, el puente, por si volvía por allí el criminal.
En el segundo remojón, el “Napias” fue el primero en llegar a introducirse en el agua, con el consiguiente recochineo por su parte, por haber ganado la carrerilla desde la orilla.
No había acabado el “Chiqui” ─apodado así, por su bajísima estatura en comparación con la talla establecida a su edad─, de entrar en el cauce, cuando vio aparecer, por entre la arboleda, al “Vista Alegre” que, como muy bien se puede deducir, el mote le venía, como anillo al dedo, por el portentoso estrabismo que padecía y, además, los colegas hacían risas sobre que, cuando miraba a uno, parecía como si los mirase a todos a la vez. Seguido de cerca, casi pisándole los talones, el “Sorderas” con su sempiterno “quée, quée, quée”, como demostración de estar bastante disminuido de ese sentido. Por último hizo su aparición el “Centinela”, que se parecía a la niña del exorcista, cuando giraba la cabeza en redondo, más él conseguía el mismo efecto, no por padecer una posesión demoníaca, sino por ser extremadamente curioso y querer abarcar todo lo que pasara a su alrededor. De ahí el apodo, y su situación estratégica en las interminables travesuras que cometían. Él era el encargado de quedarse a distancia para dar el “queo”, cuando alguien se aproximara a la zona donde se desarrollasen las trastadas.
Visto y no visto, los recién llegados se deshicieron de sus ropas, y se precipitaron al agua junto a sus compinches.
Una vez dentro, y después de las primeras cabriolas, el “Chiqui” les relató la escena de la que había sido testigo, causando el asombro entre los colegas.
Detrás de él, el “Napias” les hacía señas girando el dedo índice sobre la sien, para que no le hicieran caso.
Esa tarde, el “Chiqui” no disfrutó de las delicias del baño.

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