Las consecuencias del sacrificio del conocimiento

El sacrificio del conocimiento

«La segunda vez que el conocimiento se sacrificó, el mundo entero fue conquistado».

La contundente afirmación me ha hecho seguir la tertulia con disimulo, porque siempre ha sido para mí un enigma indescifrable el sacrificio del conocimiento.

 


Tras el éxito inesperado  El sueño del mono, uno de los relatos de mi libro ¡Qué día el de aquella noche!; he decidido repetir experiencia. Así que aquí tienes, amigo lector, otro relato –y otra reflexión– incluidos en el mismo libro. En esta ocasión dos jubilados se enfrentan ante una máquina de café a las consecuencias que trajo el sacrificio del conocimiento.

Y recuerda: en breve estará lista la edición revisada y corregida de ¡Qué día el de aquella noche! que publicaré en Libretería


Esta mañana, cuando estaba a punto de sacar un refresco de la máquina expendedora, he visto aparecer en las oficinas a dos compañeros que llevan tres meses jubilados.
Se han dirigido al Departamento de Personal sin pararse a saludar a nadie. Allí han solicitado unos papeles que les exigía la Seguridad Social para ajustar la jubilación.
La auxiliar les ha dicho que tenían que esperar por hallarse el responsable reunido con el subdirector o, por el contrario, volver otro día.
Como al parecer no han querido irse sin los documentos, se han enzarzado en una animada conversación.
Para mi sorpresa, en ningún momento mientras duraba la espera, han mencionado las trabas y vueltas que les hacían dar para cobrar un miserable retiro.
En un momento determinado, Sócrates —que así se apoda debido a su afición por la filosofía— dijo a Ramón:
«La segunda vez que el conocimiento se sacrificó, el mundo entero fue conquistado».
La contundente afirmación me ha hecho seguir la tertulia con disimulo, porque siempre ha sido para mí un enigma indescifrable el sacrificio del conocimiento.
Acto seguido añadió: «Me resulta paradójico que, a raíz de ello, surgiera la idea de ser, el sufrimiento, la única vía para conseguirlo».
Ramón, igual de aficionado a la filosofía —pero que en el fondo es un zumbón empedernido—, a sabiendas de la miga contenida en el comentario que iba a hacer, dijo en tono de mofa: «Para poder sacrificarlo tendría que estar vivo».
En este preciso punto han sido interrumpidos por la llamada de la oficinista.
He estado supervisando, durante todo el día, la calidad de los equipos hidráulicos para su envío a Italia, pero no se me ha ido de la cabeza el inesperado diálogo.
Ahora, al empezar a escribir, se ha despertado en mi conciencia una nefasta duda: por una parte pienso, si para poder vivir debemos renunciar al conocimiento, ¿en aras de qué esa renuncia? Y esta pregunta me conduce a otras: Si él nos hace libres, ¿por qué abdicar de saborearlo?
¿No será por el sufrimiento que este proporciona, al revelarnos lo que en verdad somos?
¿Será que en el fondo intuimos, y a la vez tememos, alguna clase de castigo?
Y por fin la última: ¿Tendrá algún fin el sufrir, a no ser que sea, el hacernos esclavos de nosotros mismos?
La cabeza me da vueltas pero tengo que seguir buscando respuestas a esta terrible incertidumbre. Me llaman para cenar. Otro día volveré sobre ello.


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2 comentarios en “El sacrificio del conocimiento

  1. En el sacrificio del conocimiento hay algo que parece indicar que el mundo fué salvado precisamente por el sacrificio de Cristo. La primera vez, tal vez fuera Sócrates el que, al inmolarse, nos diera la filosofía. Si no, es que no entiendo, la verdad…

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