El tren

A medida que pasaba el tiempo, el andén estaba por momentos más concurrido, cuestión ésta que le resultaba extrañísima por lo desapacible que se presentía la tarde. Lo suyo, razonó, era que el personal se quedase en sus casas, al cobijo y confort que éstas les brindaban. A él le daba lo mismo por no ser poseedor de ninguna propiedad.

No entendía aquello que le había llevado hasta ese lugar, pero el caso era que se encontró sentado en uno de los bancos, que por cierto estaban a la intemperie, de una estación de tren. Alzó la vista, como si buscase una explicación en el cielo, en él, solo vio las nubes inertes que iban adquiriendo un tinte negruzco. Se le antojó que eran señal de mal augurio, lo desechó con rapidez al discernir que el día estaba entrando en una atardecida que rayaba ya con la noche cerrada. De forma repentina, se alzó una fortísima ventisca que helaba los huesos, amén de limpiar las vías y el andén de la manta de hojarasca que lo cubría todo. Caviló sobre qué era aquello que le había hecho llegar hasta allí, por más vueltas que le daba no encontraba el sentido, ni la explicación. Era cierto que, en su largo deambular por la vida, siempre había predominado la apatía, causada por la muerte de sus progenitores a edad muy temprana, la separación de su mujer y la pérdida, en un accidente, de sus dos hijos, librándose solamente él, por eso  no  había encontrado en la vida nada más que penurias, tristeza y desolación. Sí, a decir verdad, también algunos que otros momentos de excesos, alegría y entusiasmo, pero habían sido tan escasos y efímeros que no merecían ni siquiera su recuerdo.

A medida que pasaba el tiempo, el andén estaba por momentos más concurrido, cuestión ésta que le resultaba extrañísima por lo desapacible que se presentía la tarde. Lo suyo, razonó, era que el personal se quedase en sus casas, al cobijo y confort que éstas les brindaban. A él le daba lo mismo por no ser poseedor de ninguna propiedad. Toda la vida, de una u otra manera, habían transcurrido sus días y sus noches, allá donde sus pasos le llevaran. Lo raro era que jamás se había refugiado en ninguna estación, quizás por el pudor de las miradas indiscretas. Su existencia no era digna de mención, iba pasando sin pena ni gloria. Le alertó el ruido de una máquina de tren en la lejanía que se acercaba a la parada. No supo el por qué, pero se le pusieron los pelos de punta. Nada más ocurrir este hecho, por la megafonía, se notificaba la inminente entrada del ferrocarril en el andén, acto seguido, la misma voz remató: … con destino a ninguna parte…; al hombre le recorrió el cuerpo un sudor frío y cayó del banco al suelo, por lo que no pudo ver cómo, a todo lo largo del andén… había un reguero de cuerpos que le acompañaban, en su último lecho…

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