Esclavos de nosotros mismos

“Escudriñó la estatuilla de arriba abajo y se sorprendió al comprobar que se trataba de la representación de un demonio que en su cara ostentaba una amplia sonrisa. De súbito y sin saber por qué el cerebro le dio algo así como un chispazo y se encontró haciéndose unas preguntas que con anterioridad nunca se había hecho”.

Una mujer de mediana edad, bien vestida, de altura considerable, rostro bonachón en el que llamaban la atención el grosor de unos labios bien perfilados a los que acompañaba una ligera capa de pinta labios. Los ojos azul turquesa junto a un corte de pelo a la moda imperante le daban un aspecto juvenil y atractivo. Estaba sentada, en una mesa previamente reservada, a la espera de la llegada de su compañero. Echó un ligerísimo trago de la copa de vino blanco y trasladó la mirada al conjunto del salón del restaurante y lo fotografió mentalmente. El repiqueteo del tacón sobre el suelo delataba la incomodidad de la espera. Miró el reloj de manera automática y la verdad era que faltaban quince minutos para la hora acordada. Se relajó y el taconeo cesó. Se retorció en la butaquita y buscó una postura más relajada, a continuación cruzó las piernas, alisó la falda y se atusó el cabello, mientras hacía esto lanzó un ligero suspiro. Quizás por matar algo el tiempo volvió a rastrear el comedor pero esta vez presto más atención a los estantes que almacenaban las bebidas detrás de la pequeña barra. La ojeada se detuvo en una figurilla que se hallaba en el estante que hacía rincón en la misma esquina que ella estaba. Escudriñó la estatuilla de arriba abajo y se sorprendió al comprobar que se trataba de la representación de un demonio que en su cara ostentaba una amplia sonrisa. La mueca se le antojó burlesca y por eso le causó un fuerte impacto. De inmediato la cabeza comenzó a cavilar sobre lo que en su infancia, en las clases de catequesis decían del diablo, lo mismo que en las homilías en las misas, a las que sus padres le obligaban a asistir. De súbito y sin saber por qué el cerebro le dio algo así como un chispazo y se encontró haciéndose unas preguntas que con anterioridad nunca se había hecho.

“Se fijó de nuevo en el rostro del diablillo y le pareció que este asentía con la cabeza y se le ampliaba la sonrisa…”

¿No sería que el demonio lo que en verdad representaba eran los instintos naturales del género humano? ¿Si era así como acababa de intuir por qué habría que reprimirlos?
La respuesta a esta última incógnita surgió rauda en su mente al decirle, será porque de esta manera nos hacemos sumisos y esclavos de nosotros mismos.
Tan concentrada estaba en esta meditación que no vio acercarse a su esposo que al verla tan ensimismada le tuvo que zarandear con suavidad el hombro para que volviese a la realidad. Ella antes de girarse se fijó de nuevo en el rostro del diablillo y le pareció que este asentía con la cabeza y se le ampliaba la sonrisa…

 


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