La desconocida, orfanato

LA DESCONOCIDA (2)


Jesús, el Herrero, relata a su hijo “la historia de su vida”. Todo comienza con la recepción de una extraña carta sin remite y un extraño remitente. El relato titulado La desconocida está incluido en mi colección “¡Qué día el de aquella noche!”, una reflexión sobre la libertad y sobre si a través de ella puede uno llegar a conocerse.


LA DESCONOCIDA (2)

El primer rayo del alba inundó la salita iluminándola y me tornó a la realidad. Dilucidé largo rato sobre quién podía ser la misteriosa dama que parecía conocerme tan bien. Al no desentrañar la incógnita, una espantosa inquietud se adueñó de mí.

Excitado por el contenido de la carta, continué leyendo:

Sé que te costará trabajo creerlo, pero a la mañana siguiente, también estaba  presente cuando, acompañado por el párroco, ingresaste en el Orfanato de Nuestra Señora de los Desamparados.

En verdad no salía de mi asombro y pensé dónde podía haber estado ella. Era incapaz de recordarla. Me esforcé por encontrarla en algún recóndito rincón de la memoria el día del ingreso, pero lo único que conseguí recordar fueron los acontecimientos anteriores a mi salida.

Era la primera vez que el director me requería, por eso le pregunté que para qué  me llamaba

Añorando la imagen que de mis padres tenía; a mi padre con  el  cigarrillo en la boca en aptitud pensativa, y a mi madre despertándome con la sonrisa más bella del mundo. Olvidé que era mi cumpleaños.
A la salida de clase los compañeros, después de felicitarme, me agasajaron con una gran fiesta. Terminada, cuando me disponía a retirarme al cuarto a descansar, se acercó el conserje del centro para decirme que el director me esperaba en su despacho. Era la primera vez que el director me requería, por eso le pregunté que para qué  me llamaba. Su respuesta fue un leve encogimiento de hombros.
A esas horas recorrí los pasillos de las distintas dependencias oscurecidos por las primeras sombras de los atardeceres de octubre con la preocupación y el presentimiento de una fuerte reprimenda por el tremendo escándalo originado. Al llegar junto a la puerta del despacho, inspiré profundamente para darme ánimos y llamé suavemente dispuesto a soportar la bronca.
Amortiguado por la puerta cerrada, – no pudiendo detectar por el tono el estado de ánimo,- llegó a mí el eco de la voz del director.
–Pasa Jesús. –Entreabrí y después de pedir permiso, pasé. Siéntate me dijo con afecto, el director.

Tengo la obligación de contarte el por qué de tu permanencia durante tantos años en el centro, así como la verdad de lo ocurrido a tus padres

Tomé asiento amoscado por la inesperada amabilidad. Me miró fijamente a los ojos y en los suyos noté cierto desconcierto. Carraspeó dándose tiempo para pensar la mejor manera de afrontar el tema y tras una pausa, que se me hizo eterna, comenzó diciendo:
–En realidad  no sé cómo empezar, aunque creo  que con los años transcurridos,  debes haberlo sospechado. No obstante, tengo la obligación de contarte el por qué de tu permanencia durante tantos años en el centro, así como la verdad de lo ocurrido a tus padres.
La sorpresa obró una mezcla de recuerdos pasados y presentes que provocaron un cúmulo de pensamientos enfrentados entre dudas y deseos hasta que por fin sospeché la cruel realidad. Tragando saliva le pregunté con un nudo en la garganta:
–¿No será cierto lo que intuyo?
–De verdad que lo siento mucho, pero creo que tu intuición es acertada .–Me respondió delicadamente.
Al ver el estremecimiento que produjo la ratificación a mi pregunta, asió una de las copas de coñac que de antemano tenía preparadas y me la ofreció. Ante mi indecisión, cogió la que restaba y la tomó de un trago incitándome a hacer lo mismo. Lo imité, pero al pasar el líquido por la garganta siendo la primera vez que tomaba alcohol, me sobrevino un golpe de tos.
Una vez repuesto, le reproché enojado:
–¿Por qué me lo ha ocultado hasta ahora?
Haciéndose cargo del enfado de forma patriarcal dijo:
–¡Hijo mío!, simplemente porque  las normas que rigen el centro me obligaban a ello así como de la misma manera me obligan a comunicarte que, por ser ya mayor de edad, no puedes seguir a cargo del orfanato debiendo emprender tu vida fuera del mismo a partir de mañana.
–¿Dónde podré ir si no tengo a nadie?, pregunté totalmente consternado.
–Bueno, si quieres puedes ingresar en el seminario. Ayer mismo estuve hablando con el rector y estaría encantado de recibirte en él.
Al día siguiente, ajeno a un entorno que me resultaba extraño, me sentí perdido entre la marabunta de transeúntes que caminaban apresurados siguiendo cada cual su propia  dirección con miradas frías e indiferentes. Receloso e indeciso anduve por las calles completamente desconocidas para mí, preguntando a los pocos que se dignaron detenerse un momento cómo llegar al seminario.
Nervioso y agitado llegué al final del camino que me indicaron y encontré por fin el soberbio edificio construido con piedras de cantería, todas bien alineadas. El seminario, junto a los melodiosos sonidos de las campanas invitando a entrar en su iglesia,  creaba tal atmósfera de magnificencia que me sentí insignificante.

Si aquella desconocida se había propuesto despertarme el deseo de conocerme a mi mismo en verdad lo estaba consiguiendo

Atraído por el soniquete me dirigí hacia el interior. Las múltiples conversaciones que el eco de la alta bóveda central amplificaba y la colocación estratégica de las vidrieras que iluminaban el altar mayor, junto a las pinturas y esculturas que decoraban los muros, me fascinaron y busqué sitio para ver más de cerca el maravilloso retablo del altar. Avisté un rincón en penumbra y con esfuerzo logré abrirme paso entre los parroquianos. Como en él no había banco donde sentarse, me apoyé sobre la columna central.
Admiré el retablo y escuché con atención el sermón del párroco que abogaba por la solidaridad con los más desfavorecidos y por el amor al prójimo. El contraste del sermón con la ostentación del interior y el exterior despertó como un latigazo mi conciencia.
Si aquella desconocida se había propuesto despertarme el deseo de conocerme a mi mismo en verdad lo estaba consiguiendo, porque a renglón seguido leí:

Creo que lo dicho en este corto mensaje habrá sido suficiente para que sospeches quién soy y vayas comprendiendo que desde el momento de tu nacimiento he estado a tu lado.
Sólo me resta decirte que el mono del repetitivo sueño que desde la infancia te persigue es el camino que hasta mí te conducirá.

Al terminar de leer la carta, me sorprendí al darme cuenta que era cierto que la conocía. Pero una vez más reviví el sueño:
Me encontraba en lo alto de una montaña acomodado  a la sombra de un viejo manzano. De repente aparecía un grupo de monos que iban a la búsqueda del escaso alimento de la zona.
Uno de ellos divisó al fondo de un profundo precipicio un inmenso bosque repleto de frutos. Al intentar bajar por el mismo, el grupo aleccionado se lo impidió alborotando y dando fuertes gritos alertando al macho dominante, que golpeándolo brutalmente le hizo desistir.
Tanta era la obsesión por saciarse que, en un descuido del grupo se precipitó por él aún a riesgo de perder la vida.
A escasos metros para impactar contra el suelo una fuerte ráfaga de viento lo elevó por encima de la superficie depositándolo sobre una enorme roca repleta de alimentos.
Los monos al presenciarlo trataron una y otra vez de encaramarse a ella, pero les resultó imposible ya que esta tenía el contorno liso y resbaladizo sin ninguna grieta ni fisura donde poder aferrarse.
La imposibilidad de trepar les encolerizó de tal manera que lo único que hicieron fue chillar y lanzarle piedras intentando atemorizarle para que bajara y compartiera los frutos.
Impasible desde lo alto de la roca el mono les alentaba con señas a que hiciesen como él y se lanzasen por el precipicio.

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