Las alas de la Libertad

LA DESCONOCIDA ( y 4)


Jesús acude a un teatro de marionetas donde una de ellas se fuga: “Me alegré de la fuga de Dolores y a partir de entonces decidí  ir en su busca sin importarme el tiempo que necesitase”.

Aquí termina La desconocida un relato que incluyo en “¡Qué día el de aquella noche!”, una reflexión sobre la libertad y sobre si a través de ella puede uno llegar a conocerse.


LA DESCONOCIDA (y 4)

Cada día es un sueño y una nueva realidad

Era el último día de invierno y la mañana se presentó muy fría.
Descolgué el abrigo del viejo perchero y salí a la calle con el corazón pletórico de alegría y enfilé andando hacía la herrería que no se hallaba  muy distante de la casa.
A mitad de camino el viento racheado, portador de gotas de lluvia muy finas que indicaban el inicio de una fuerte borrasca, me hizo acelerar el paso y recorrer la distancia que faltaba  en escasos minutos.
Una vez en el interior de la herrería cambié la ropa de calle por la de trabajo y di comienzo al ritual de alimentar la fragua. Apilé el carbón en el centro prendiéndolo y acto seguido, aticé el fuego.
Al recibir el aire del fuelle, entre el montículo se perfiló una llama que me recordó el eterno cigarrillo en la comisura de los labios de mi padre.
Cerré los ojos y lo vi balanceándose en la mecedora con  la mirada limpia,  llena de paz, haciéndome señas para que me acercara.

Los que la echaron al olvido idearon una sustituta ideal en extremo controlable y dócil a la que llamaron Gloria

Ilusionado ante la expectativa de pasármelo bien  me acerque presuroso y cuando estuve  a su lado me dijo:
–Hijo,  hoy quiero contarte un cuento, pero antes tienes que prometerme que prestarás mucha atención.
–Te lo prometo papá –dije emocionado porque mi padre los contaba como un verdadero genio.
–Bien, pues presta mucha atención:
En tiempos muy remotos, cuando los hombres empezaron a tomar conciencia de sí mismos, concibieron a Dolores tratando de dar equilibrio a sus vidas.
Su llegada les llenó de alegría, pero esa alegría fue pasajera ya que comprobaron que Dolores crecía y crecía sin límite y la realidad les demostró que no podían ejercer ningún dominio ni control sobre ella.
Algunos se arrepintieron de haberle dado cobijo y la expulsaron de sus corazones olvidándola por completo. Otros que resultaron ser muy pocos, fascinados por su grandeza la siguieron llevando en su corazón. Los que la echaron al olvido idearon una sustituta ideal en extremo controlable y dócil a la que llamaron Gloria.
Dolores no se resignaba al olvido en que estos la tenían, por eso no cejaba en el empeño de conseguir que la acogiesen de nuevo. Le resultaba del todo imposible al estar Gloria  tan afianzada en ellos. Esta se partía de risa al ver cómo una y otra vez era rechazada cuando se hacía presente.
El caso es que aun hoy día sigue a la espera de que los hombres se den cuenta del engaño al que les tiene sometidos Gloria y comprendan que ella es la auténtica realidad de sus vidas.
Así es que sólo depende de los pocos que no la olvidaron que ella siga existiendo por derecho propio en el lugar del que nunca debió salir.
–¿Eso es todo?, –le pregunté decepcionado, con cara de no haber entendido nada.
–Jesús –dijo mi padre muy serio–, quiero que nunca olvides este cuento,  aunque sé que todavía eres muy pequeño para comprenderlo espero que  algún día puedas llegar a hacerlo.
Mi padre, que por lo general siempre se mostraba amable y risueño, lo dijo con tal gravedad que pensé que me estaba regañando, por eso me eché a  llorar.
Sorprendido por la reacción me estrechó entre sus brazos y sonriendo me tranquilizó diciendo:
–Hijo, la cosa es sería, pero no para que te lo tomes así.
A continuación me desafió conteniendo la risa:
–¡Oye! ¿Quieres que echemos un partidillo de fútbol a ver si de una puñetera vez eres capaz de ganarle a este súper campeón del mundo mundial?
–¡Bah!, pero si siempre te gano –le contesté fingiendo desgana– y nos echamos a reír.

♦♦♦

Me alegré de haber decidido adaptarme a la realidad para soñar cómo podría cambiarla porque de no haberlo hecho así habría continuado engañado por la tradición

Creí que era el humo de su pitillo la causa de que me picaran los ojos hasta que me di cuenta de que era el carbón que se apagaba por falta de aire. Conecté el extractor para ventilar el ambiente cargado del taller y removí las cenizas  atizando el fuego de nuevo.
El deseo de acabar lo antes posible el emblema que hacía tiempo había desatendido, se apoderó de mí. Desenterré el metal que previamente había introducido y apoyándolo en el yunque, lo golpeé con ánimo dando forma a la última letra.
Llevaba un buen rato batiendo, y el esfuerzo realizado me empapó la frente de gruesas gotas de sudor por lo que dejé de golpearlo. Me sequé y volví a introducir el metal ya frió en el rescoldo.
Sonreí pensando que en la siguiente batida estaría terminado el trabajo que iba  a ser el símbolo que destacaría en el dintel de la puerta de entrada de mi casa, y en la extraña manera en que unas horas antes había llegado el recuerdo del emblema inacabado.
El chisporroteo del carbón avisando que la fragua estaba lista me sacó del ensueño. Me alegré de haber rechazado la invitación del rector de ingresar en el seminario después del brutal choque de conciencia y de haber decidido adaptarme a la realidad para soñar cómo podría cambiarla porque de no haberlo hecho así habría continuado engañado por la tradición.
Sonreí satisfecho al rematar la letra, y la engarcé junto con las demás en el emblema que poco después coloque en el dintel, tomándome el resto del día libre.
A la mañana siguiente al volver a casa a la hora del almuerzo reparé en las letras que iluminadas por el sol primaveral, irradiaban un brillo especial preñado de infinidad de espléndidos colores. Extasiado, contemplé su proclama:

Digno y admirable

El conocimiento Es.
Apetecible y
Maravillosa,
La Libertad

Deslumbrado por la maravilla de su contemplación no advertí la presencia hasta que se manifestó diciendo:
–¡Ya estoy aquí contigo, Jesús!
Volteé la cabeza y  reconociéndola le dije absolutamente turbado:
–Siempre te estuve buscando, pero aún con más pasión si cabe desde aquel día a la salida del teatro cuando me guiñaste y te perdiste en la lejanía ¡Dolores!
–Tu grandeza ha sido la imperfección que te ha creado dudas y curiosidad provocando que te hayas construido a ti mismo haciendo posible nuestro encuentro. –Me dijo.
Unos lastimeros graznidos y zureos a los pies de Dolores llamaron mi atención y comprobé estupefacto que provenían del cuervo y las palomas que estaban agonizando.

Dolores amorosamente me cobijó entre sus enormes alas y mientras entrábamos en la casa  juntos ya para siempre  me susurró dulcemente:
–Cada día es un sueño y una nueva realidad…

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