La desconocida, la fragua

LA DESCONOCIDA, primeras páginas


Os ofrezco íntegro el relato titulado La desconocida que incluye mi colección “¡Qué día el de aquella noche!”, una reflexión sobre la libertad y sobre si a través de ella puede uno llegar a conocerse. Aquí empieza:


LA DESCONOCIDA

El alegre repiqueteo del martillo le estimulaba mucho más la concentración en el estudio. Con el silencio o la música en la habitación no lo conseguía.
Por las tardes se acercaba al taller donde su padre modelaba todo tipo de figuras en la forja. Tenía entre sus compañeros fama de raro, pero no le importaba. El caso era que aunque lo disimulara aventajaba a la mayoría.
Allí entre el ruido se sentía feliz progresando cada día más y más. Cuando su padre daba por terminada la jornada, él le ayudaba a limpiar y colocar en su sitio las herramientas y el utillaje.
Atardecía.
Al salir, Silvestre comentó a su padre que cuándo le contaría cómo había llegado la tía a vivir con ellos.
Su padre llevaba tiempo queriendo contarle la historia, pero a su madre siempre le parecía que era muy pequeño todavía para entenderla y lo desanimaba.
–Es una historia muy larga, hijo. Arguyó mirándolo serio.
Pero sus ojos delataban el gozo que sentía por la insistencia de Silvestre.
–No importa porque soy paciente y además me lo habías prometido. –Dijo haciéndole un mohín pícaro.
Esto hizo que le dijera fingiendo resignación:
–Mira, al llegar a casa lo consultaremos con mamá y si ella quiere esta misma tarde te la contaré.

Rosa se dio por vencida, pues comprendía que no sería perjudicial para el niño.

Faltaba poco para llegar. Echó a correr y le desafió diciendo:
–Venga papá a ver quién llega antes.
Echándose a reír le recriminó llamándole tramposo y corrió tras él.
Llegaron acezando a la casa. Su madre oyó los gritos del padre y del hijo diciendo alternativamente:
–¿A que te cojo?
–¿A que no?
Salió a la puerta aguantando la risa. Al verlos llegar sin resuello meneando la cabeza con pesar les amonestó diciendo:
–No se cuál de los dos es más tonto, si el padre o el hijo.
Sin resistir más estalló en carcajadas contagiándolos.
–¡Venga! Sube a tu habitación y deja tus cosas ordenadas, lávate las manos y baja a merendar.
Nada más perderse de vista, Jesús le dijo a Rosa que Silvestre últimamente insistía mucho en saber cómo había llegado su tía a vivir con ellos.
–Pero Jesús, ¿no te das cuenta que es muy pequeño aún?
–Claro que sí, pero a su misma edad mi padre me habló de ella y siempre se lo agradeceré. Argumentó con nostalgia.
Rosa se dio por vencida, pues comprendía que no sería perjudicial para el niño. Así que sólo le sugirió que fuera delicado en la forma de contárselo.
Silvestre bajaba las escaleras de dos en dos. Al final tropezó con su madre que iba a la cocina seguida por su padre. Sin poder contenerse se abrazó a ella y a modo de rogativa le dijo:
–¡Mamá! ¡Mamá! ¡Por favor! Deja que papá me cuente la historia de tía.
Su madre lo miró con media sonrisa pero no le contestó.

Insistió y tratando de chantajearla espetó:
–Papá me ha dicho que si tú lo dejas esta tarde me la cuenta.
Y puso cara de enfado.
–Está bien, pero con una condición.
–¡Cual! ¡Cual! –dijo excitadísimo.
–Que primero tienes que merendar.
–¡Vale! ¡Vaaale! – exclamó saliendo como una bala hacía la cocina. Jesús y Rosa veían incrédulos cómo devoraba el bocadillo.
Con el último bocado en la boca miró a su padre que, satisfecho, le revolvió el flequillo y lo llevó consigo a la salita. Una vez acomodados le dijo:
–Trataré de ser breve, aunque por ser la historia de mi vida quizá se te haga larga.
–No importa papá  –contestó todo ilusionado.

◊◊◊

Ocurrió hace muchos años que…;
Tres fuertes golpes, que a punto estuvieron de derribar la puerta, interrumpieron el profundo sueño en el que me encontraba. Sobresaltado miré el reloj de la mesilla. Marcaba las cinco, por lo que extrañado corrí la cortina de la ventana y pude ver que el sol aún no había despuntado. Semidormido abrí y un perfecto desconocido  me preguntó:
–¿Es usted Jesús El Herrero?
–Sí, yo soy. ¿Qué ocurre para tanta urgencia? – pregunté de no muy buen talante.
–Disculpe la violencia de la llamada pero tengo mucha prisa, dijo. Y sacando una carta del bolsillo de la gabardina que llevaba puesta, – que tanto por el deterioro como por lo indefinido de su color debía ser muy vieja,– me la entregó.
Recogiéndola miré el remite y comprobé que no poseía nombre ni dirección, pero cuando quise levantar la vista del sobre para interesarme por quién me la mandaba, ya se había esfumado.
Cerré extrañado y fui a la cocina a preparar café. Puse la cafetera sobre el fuego, pero la curiosidad por la misteriosa carta era tan grande que no pude esperar a tomarlo en ella como de costumbre. Así que, cambiando la rutina intrigado por su contenido, me acomodé en la salita donde, en  los pocos ratos que tenía libres, me dedicaba a la lectura de cualquier tema que llamara mi atención y la abrí sin más dilación.
La sorpresa fue tal que la agitación hizo presa de mí provocando un ligero temblor de manos al ver impresa en el papel mi propia letra.
Inspiré profundamente hasta  serenarme y comencé a leer.

“Te parecerá la carta de una chiflada porque no es comprensible – pensarás– que sin conocerme haya podido estar a tu lado”

Querido Jesús:
Estoy segura que la recepción de esta inesperada carta te habrá sorprendido. ¿A que ya pensabas que me había olvidado de ti? Pues… nada más lejos de la realidad. Y para demostrártelo, comenzaré contándote algo que ni te imaginas.
Quiero que sepas que siempre he estado a tu lado aunque no lo supieras; así como que cuanto más me has buscado, más cerca de ti he estado.
Sé que te parecerá la carta de una chiflada porque no es comprensible – pensarás– que sin conocerme haya podido estar a tu lado. Para que veas que es verdad, te diré que ya corría contigo por la calle el día que ganaste la medalla de oro…

Desconcertado, dejé de leer y me pregunté cómo era posible que una completa  desconocida para mí, pudiera saber eso, y quién rayos podría ser.

Removí mis recuerdos hasta la infancia y me retrotraje hasta ese mismo día donde me descubrí corriendo más veloz que nunca por las calles del pueblo para enseñarles a mis padres la medalla de oro que había ganado en la carrera de fin de curso. En la revuelta de la calle donde vivía se reflejaron en mis pupilas las poderosas llamas que devoraban mi casa y la conmoción me hizo ver, como a cámara lenta, el ir y venir de mis vecinos tratando de apagar el fuego; así como también a mis vecinas llorar. Un hecho muy extraño que llamó mi atención fue ver que junto a ellas había un cuervo en compañía de unas extrañas palomas con las alas quebradas riéndose mientras contemplaban las espectaculares llamas.

Al verme aparecer, algunas vecinas se impresionaron tanto que echaron a correr despavoridas como almas que lleva el diablo; otras, se quedaron paralizadas. Sin embargo, tras un breve instante, lanzaron gritos tan aterradores, – pues me creían entre los cuerpos sin vida que los hombres habían sacado de la casa,– que los pocos perros que en ese momento había en la calle huyeron asustados con el rabo entre las patas. El revuelo originado provoco que de entre el grupo de hombres que ayudaban a sofocar el fuego apareciera una sotana empapada en agua. Acercándose, cruzo una mirada inteligente con el cuervo y las palomas. Recogiéndome me llevo a la parroquia. Indefenso, sin saber que hacer ni que decir, temblaba como un azogue. Me deje llevar.

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