Carta de la desconocida

LA DESCONOCIDA (3)


Jesús tiene una nueva pista que le dirige hacia la desconocida: un extraño y repetitivo sueño con un mono, le señala el camino.

Este relato titulado La desconocida está incluido en mi colección “¡Qué día el de aquella noche!”, una reflexión sobre la libertad y sobre si a través de ella puede uno llegar a conocerse.


LA DESCONOCIDA (3)

La cafetera silbó anunciando que el café estaba listo. Me levanté y fui a la cocina. Apagué el gas y retirándola me serví una generosa taza de café sólo y sin azúcar que buena falta me estaba haciendo. Regresé a la salita. Mientras lo saboreaba recuperé el papel y continué leyendo.

¡Ya, ya sé que, estarás preguntándote cómo una completa desconocida para ti conoce  tanto de tu vida!
¿Recuerdas cuando comenzaste a trabajar en la herrería y cómo al poco tiempo te hiciste un experto en la forja? Recordarás también que con el permiso del dueño, al terminar la jornada, recogías los restos de metal de la chatarra para forjar las letras del emblema que aún no has terminado.
Desde ese momento empezaste a conocer a quien hoy te ha entregado la carta.
Quisiera que recordaras también el parque donde solías ir a descansar y aquel día que el inesperado mal tiempo te llevó al teatro donde nuestras miradas se cruzaron un instante.

A medida que avanzaba en la lectura comprendí que la carta estimulaba en mí los  recuerdos ya casi olvidados poseyendo la virtud de trasportarme a ellos. De este modo recordé cómo sentado en uno de los bancos del parque estando distraído con el correteo y los juegos de los niños, no me percaté de la formación de unas densas nubes que oscurecían el cielo hasta que de repente se abrieron dejando caer un autentico aguacero.
Sin pensármelo dos veces vacié la bolsa de migas de pan duro que siempre llevaba para alimentar a los gorriones poniéndola sobre la cabeza en un vano intento de protegerme del agua y salí del parque en busca de refugio.
A lo lejos  localicé una cafetería a la que llegué empapado. Tomé asiento en una mesa que por fortuna se encontraba libre y esperé a ser atendido.
En la mesa de al lado un pintoresco grupo comentaba entre risas lo bien que se había puesto el día para llenar el teatro.

La curiosidad que despertó en mí el anciano hizo que me dirigiese hacia el mismo paseando para hacer tiempo

La tormenta duró el tiempo justo de tomarme el café. Cuando me disponía a abandonar el local el más viejo del grupo me miró fijamente y alargándome un folleto me dijo:
–Yo que usted no me lo perdería por nada del mundo.
–Desplegué el panfleto y en él se anunciaba:

TEATRO AMANECER
Función de
MARIONETAS
Hoy a las cinco de la tarde
Representación única

No había ido nunca al teatro y no tenía otra cosa mejor que hacer. Además, la curiosidad que despertó en mí el anciano hizo que me dirigiese hacia el mismo paseando para hacer tiempo.
Una vez dentro, busqué acomodo encontrándolo en la última fila del patio de butacas. En el asiento contiguo al mío una señora mayor estaba muy excitada.
Al apagar las luces se podía oír el silencio en la sala. Las luces se concentraron sobre el escenario y una marioneta a la vez que descorría el telón declamó con voz de presentador de circo:
–¡Comienza la función!
La señora frotándose las manos nerviosamente murmuró:
–¡No se cansará nunca de intentarlo!
Perplejo por el comentario le pregunté:
–¿Qué quiere usted decir?
No me contestó, sólo se limitó a mandarme callar chisteando y señalando el escenario dijo:
–¡Mira! ¡Mira!
Aparecieron en él tres marionetas y una a una se fueron presentando:
–¡Buenas tardes a todos! Me llamo Lidia. –Dijo la primera en la que destacaban unas enormes gafas de miope.
–¡Hola, hola! Yo Berta. –Se presentó la segunda, distinguiéndose por poseer una cabeza diminuta, en un  desmesurado cuerpo.
–Y yo Tadeo. ¿Están ustedes cómodos? –Preguntó la tercera, a la que le faltaba un brazo y bizqueaba.
Lidia, asomando la cabeza fuera del escenario, con una mano en la frente a modo de visera, y con la otra ajustándose las gafas para ver bien, se dirigió al público, preguntando:
–¿No creerán ustedes, al ver nuestros disfraces de presas, que estamos encarceladas?
–¡No, qué va!,  –dijo la marioneta que descorrió el telón, que se había sentado en una de las butacas de la primera fila. En ella destacaban unas enormes alas. Además, era tan deslumbrante su belleza que eclipsaba a sus compañeras.

“No pensáis y por eso carecéis de conocimiento. No tenéis sentimientos por lo que no podéis amaros. Por todo esto os creéis desinteresadas”.

–¡Pues no es así!  –Se le encaró Berta.
-¡Lo que tú digas! –replicó burlonamente.
–No sé de qué te burlas, ya que si vestimos así es porque queremos.
La otra le rebatió con un ¡Ya, ya!  Despreciativo.
–¡Ni ya, ya!, ¡ni yo, yo!, – le regañó Tadeo. ¿Acaso no eres tú igual que nosotras? ¿No te manejas sin hilos y sin nadie que dirija tus movimientos? ¿O es que eres idiota?
El reproche de Tadeo conmocionó la sala
–No. Por eso mismo me burlo.
–¡Cómo! –exclamaron las tres al unísono.
Lidia, le exigió  una explicación.
–Es muy simple: si decís que nadie os maneja, ni  dirige vuestros movimientos, ¿por qué os disfrazáis así vosotras mismas?
Berta calmándose le respondió con aire de suficiencia:
–Porque pensamos, y eso nos da conocimiento. Además sentimos y amamos siendo desinteresadas. Por esto mismo hemos decidido vestirnos así, ¿qué te parece?
–No pensáis y por eso carecéis de conocimiento. No tenéis sentimientos por lo que no podéis amaros. Por todo esto os creéis desinteresadas. –Le replicó.
–¡Habló Dolores, la lista! ¿Acaso no eres tú una marioneta como nosotras para que te des esos aires? Le reprochó Tadeo.
–No, no lo soy, porque como yo sí pienso, he visto que quien os manipulaba con hilos, los ha cortado al darse cuenta que sin ellos actuáis lo mismo, por inercia, sin necesidad de su presencia.
La contestación  estremeció al público.
–Tú lo que eres es una vaga y una traidora. –Le dijo Lidia volviendo a ajustarse las gafas.
– ¡Anda y cierra el telón para el descanso! –Le exigió Berta balanceando su diminuta cabeza.
–Y vete preparando para salir al escenario. –Le urgió Tadeo bizqueando aún más.
Dolores levantándose se llevó la mano hacia la boca y soplando entre el pulgar y el índice hizo una sonora pedorreta para, a continuación y ante el asombro de todos, abrir la puerta de emergencia y salir corriendo.
–¡Esto es una burla! –clamaban unos.
–¡Que nos devuelvan el dinero! –decían otros.
Las marionetas del escenario, animaban al público a salir detrás de ella, para capturarla.
Salieron todos en tropel menos la señora mayor que se partía de risa en la butaca, y yo, que desde la puerta pude ver cómo la estaban acorralando. Dolores desesperada buscaba ayuda y al ver que mi rostro reflejaba la más completa perplejidad, me guiñó y por un instante casi imperceptible la vi mirar de reojo hacia la pared de enfrente antes de sonreírme y levantar el vuelo. Vuelo que seguí hasta que se perdió en el horizonte. Fijándome en la pared vi al cuervo y las palomas acechando.
Me alegré de la fuga de Dolores y a partir de entonces decidí  ir en su busca sin importarme el tiempo que necesitase. Desde la puerta me giré para decir a las marionetas:

–Si lo que pretendéis es apresarla, no lo conseguiréis nunca.

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