La mochila cargada de amarguras

La mochila

La clave para que desaparezca el peso y consiga un equilibrio adecuado, no está en el olvido, más bien en saber encontrarles lo positivo que estas contengan y hacer que adquieran volumen. El pasado no tiene por qué afectar al presente, si tú así lo decides.

Antonio llevaba ya mucho tiempo en el camino sin descansar, la mochila que alojaba en su espalda, cada vez le pesaba más. Seguía impertérrito la andadura soportando la carga. Llegó a una ladera y cogió aire porque estaba dispuesto a coronar la montaña. Al alcanzar la cima se topó con un anciano que estaba sentado sobre una peña y parecía descansar. Al observarlo con detenimiento advirtió que tenía la mirada perdida en el horizonte y una cara intrigante. Decidió sentarse un rato a su lado para librarse de la curiosidad que el personaje le producía. Así que, sin pensárselo dos veces, se dirigió hacia la roca donde estaba el viejo y se acomodó a su lado. El abuelo pareció no advertir su presencia y seguía con la vista perdida. Se propuso entablar conversación con él y le dio los buenos días. El veterano, como a cámara lenta, daba la impresión de ir saliendo de un letargo. Al enfrentarse con fijeza en quien le estaba acompañando y mirarlo de arriba abajo, le contestó:

–Buenas –parece que llevas mucho peso en el macuto.

–Por qué lo dice –se interesó, cogido por la sorpresa de la sagacidad que demostraba el anciano.

–Porque se nota en tus ojos y el rictus de tu semblante –adujo el interpelado, a la misma vez que en su rostro se marcaba una leve sonrisa.

Al escuchar la contestación no salía de la perplejidad. Tardó en recomponerse de la impresión y cuando se sintió repuesto preguntó con cierto sarcasmo:

–¿Es adivino o sensitivo?

Una fuerte carcajada se elevó hacía el cielo, antes de contestar:

 –No hijo, no, solo son los muchos años que tengo. Por cierto me pica la curiosidad de saber qué es lo que contiene el morral –preguntó el viejo de manera directa.

Ante el interés del maduro, dudó en contestarle. Lo sopesó, y tras darle alguna que otra vuelta, le dijo con total sinceridad al inesperado compañero:

–Lo llevo repleto de amarguras.

–¿Y no llevas ninguna alegría?

–Sí, alguna, pero son demasiado escasas, así que los pesares las superan con creces.

En la cara del anciano se reflejó un rictus de compresión y con suma afabilidad le preguntó:

–¿Te puedo hacer una recomendación?

La sorpresa fue fenomenal para Antonio, que pensó que a cuento de qué se tenía que meter el viejo en su vida. Bajó la vista hacía el equipaje que tenía apoyado entre las piernas, soportó una levantisca ráfaga de viento helado y entonces levantó la mirada para enfrentarla al extraño compañero y decirle que le daba lo mismo y lo dejaba a su criterio. El abuelote entonó un monologo parsimonioso:

–Verás. Si las aflicciones te pesan mucho más que los gozos ¿por qué no las desechas? ¡Sí! ya se que pensarás que esto es del todo imposible, por eso mismo te diré que sí, que es muy costoso, pero nada se logra sin esfuerzo. La experiencia de los largos años ya vividos, creo que me dan cierta autoridad, por ello te diré que al principio tratarás de olvidarlas y comprobarás que la carga no disminuirá, la clave para que desaparezca el peso y consiga un equilibrio adecuado, no está en el olvido, más bien en saber encontrarles lo positivo que estas contengan y hacer que adquieran volumen. El pasado no tiene por qué afectar al presente, si tú, así lo decides, ni asimismo al futuro. La pretérita carga no deja de ser un pesado lastre que ahoga el momento actual. Dicho esto, solo te sugiero que pienses en lo que acabas de escuchar y lo valores en su justa medida.

En ese instante, en la cima de la montaña, el silencio podía cortarse. Antonio, que había prestado toda su atención, con la mirada puesta en los pies, para cuando quiso mirar al anciano, este había desaparecido por arte de magia.

El asombro, aliado con el silencio, mantuvo a Antonio toda la noche despierto y pensativo. Los primeros rayos del crepúsculo matutino lo sacaron de su letargo y se incorporó  con el propositito de seguir su camino. Había recorrido un pequeño trayecto cuando, atónito, se dio cuenta que había desaparecido el peso de la mochila, ahora llevaba una carga liviana y ligera como una pluma…

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