La moral de la comprensión

La moral de la comprensión

Antonio satisfecho advirtió como entre los infantes no había distinción de razas ni de credos porque se unían al juego sin otro miramiento que el de la diversión. La única moral que debería prevalecer en el mundo era la comprensión.

No sabía ni el cómo ni el por qué, el caso era que Antonio se descubrió sentado en uno de los bancos que rodeaban un parque situado junto a unos colegios. Echó una ojeada alrededor y vio como las puertas de las escuelas se hallaban abarrotadas de padres y abuelos que estaban a la espera de que los críos saliesen a la calle. Se fijó con más atención en el personal y vio una variedad de indumentarias distintas entre sí que demostraban las diferencias de razas y credos. Prestó más atención y con detenimiento observó el cuadro que ante sus ojos se mostraba. El impacto fue brutal al comprobar las miradas de soslayo que se lanzaban unos a otros cuando comprendían que los otros no se daban cuenta. Era una manera de estudiarse con desconfianza. Los autóctonos no podían evitar que sus miradas fuesen cargadas de cierta animadversión hacía los foráneos, al sentirlos como una amenaza y asimismo los extranjeros sin atreverse a levantar los ojos como si se sintiesen culpables de estar en tierra ajena. Pero Antonio  notó que cuando estos últimos creían no ser vistos las pupilas les irradiaban un brillo de altanería.

Los autóctonos no podían evitar que sus miradas fuesen cargadas de cierta animadversión hacía los foráneos. Los extranjeros, como si se sintiesen culpables de estar en tierra ajena.

Antonio no pudo resistirse a reflexionar sobre el género humano. Y pensó que cómo se podía dar esa rivalidad entre personas, ya  que en el fondo todos sin excepción anhelaban las mismas cosas como dar de comer a sus hijos, proporcionarles educación y vestirlos, en definitiva vivir. No podía llegar a entenderlo. A no ser que ese trasfondo humano fuese por cuestiones de moralidad, porque si era así, cada cual entendería la suya como la acertada y la del contrario deformada.

Le volvió a la realidad una fuerte algarabía propiciada por los niños que salían en tropel para inundar el parquecito y jugar entre ellos un rato. Antonio satisfecho advirtió como entre los infantes no había distinción de razas ni de credos porque se unían al juego sin otro miramiento que el de la diversión.

Así que comprendió que los prejuicios de los mayores eran los que provocaban la división. Por ello se atrincheró en el pensamiento de que la única moral que debería prevalecer en el mundo era la comprensión, porque en el fondo, las costumbres y las variadas formas de vestir eran las culpables del desarrollo personal y colectivo…

 


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