La nada no admite pérdidas

—Si salieron de la nada y a ella han vuelto, ¿cómo es posible que al apagarse otras hayan ocupado su lugar?
—Porque la nada no admite pérdidas.

En medio de un excitante sueño, vi al cielo arquearse y tomar forma abovedada. Pronto se cubrió de un sinfín de orificios a modo de puntadas bordadas. Automáticamente fueron todos cubiertos, en ilimitada variedad de colores, de un sinnúmero de incrustaciones, las cuales despedían con tal fulgor tan fortísimos destellos que por un breve instante me cegaron. Cuando recuperé la visión advertí como se iban agrupando de forma gradual al objeto, de conseguir hacer un cuerpo compacto con el fin de no dejar ni un solo resquicio por donde se pudiese filtrar la oscuridad. El espectáculo era tan fascinador que no pude dejar de admirar semejante belleza.
De súbito, un buen número de puntos se precipitó al vacío. En su caída, iban radiando chispazos fugaces que conforme se iban alejando perdían el brillo hasta llegar a apagarse por completo, como si se tratasen de faros surgidos en la profundidad de la noche para orientar a los barcos a buen puerto.

Con insólita rapidez el hueco dejado era cubierto por otras luces. Se me puso la carne de gallina y un sudor frió me empapó todo el cuerpo cuando llegó a mí el eco difuso de una voz.

Sucedió en un abrir y cerrar de ojos. No podía creer que de verdad estuviese efectuándose semejante fenómeno. Con insólita rapidez el hueco dejado era cubierto por otras luces. Se me puso la carne de gallina y un sudor frió me empapó todo el cuerpo cuando llegó a mí el eco difuso de una voz.
Escudriñé arriba y abajo, a izquierda y derecha y como no veía a nadie, di varias vueltas buscando a quien a mí se dirigía. Como no encontraba a nadie, agudicé el oído hasta que, con extremada claridad, escuché que me decía:
—Juan de Dios, ¿comprendes el significado de lo que contemplas?
Quise contestar, pero mi garganta, como si hubiese sido seccionada, no podía emitir el menor sonido, y no tuve más remedio que negar con un movimiento de cabeza.
—Son almas que por inercia se precipitan a la nada, de donde salieron —aseguró la voz.

—¿Qué mérito tiene entonces obrar bien o mal? La voz contestó inalterable y concisa:
—Ninguno. Son los prejuicios los que crean la diferencia. La pureza del alma no.

Después de dudar de mi cordura y haberla descartado, me atreví a preguntar, no sin cierta sensación de desconcierto:
—Si salieron de la nada y a ella han vuelto, ¿cómo es posible que al apagarse otras hayan ocupado su lugar?
—Porque la nada no admite pérdidas.
—¿Cómo que no? ¿No insinuará que no hay distinción entre almas buenas y malas?
—Así es, tú mismo lo has dicho.
La contestación me hizo caer preso de una insoportable ansiedad. Aunque mi mente era un hervidero en plena ebullición, me sobrepuse, tragué saliva, y en un mar de dudas le contrarresté:
—¿Qué mérito tiene entonces obrar bien o mal? La voz contestó inalterable y concisa:
—Ninguno.
A pesar de rodarme la cabeza a la velocidad de un torno de metal, le rebatí:
—¿Cómo que ninguno?
La respuesta no se hizo esperar:
—Son los prejuicios los que crean la diferencia. La pureza del alma no.
—¿Qué quiere decir?
—Que lo bueno y lo malo forman un todo con el alma.
—¿No pretenderá hacerme creer que el dualismo no existe?
Esta vez la voz sonó contundente:
—En el alma no, puesto que en este caso, este concepto es solo una cuestión material y, por lo tanto, auto justificativa.

 


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