Navío hundido en el río

La necrópolis del navío hundido

Echó un último vistazo a la necrópolis formada alrededor del navío hundido y con ágiles movimientos se elevó a la superficie

La corriente del río era bastante fuerte y la barcaza era difícil de gobernar. Los brazos del timonel empezaban a sentir los primeros síntomas de cansancio muscular. De repente la furia del agua se calmó hasta el punto de dar la impresión de que la embarcación estaba estancada. Los dedos apretados sobre el timón se dieron una tregua y poco a poco fueron perdiendo la presión hasta relajarse por completo. El único pasajero era el mismo que había estado dirigiendo la gabarra y puso un rumbo  fijo. Era mediodía, el sol estaba en todo su esplendor y sus rayos se entretenían en bañar el cauce formando luces y sombras. El gobernante vio unos rizos plateados y luminosos, para cerciorarse de lo que podría ser, levantó la mano y se la llevó a la frente poniéndola a modo de visera. Sí, no se equivocaba. Entonces escuchó una carcajada contenida y a la misma vez divertida, se giró para ver de donde partía y no encontró a nadie. Rastreó la proa y la popa y tampoco vio nada, siguió buscando a babor, a estribor y fue ahí donde pareció vislumbrar un asomo de niebla, esta cuestión le extrañó por ser un día muy claro, sin brumas, pero no encontró persona alguna. No le quedaba zona que rastrear y volvió a mirar la zona luminosa y, los haces de luz se le antojó que bullían alborozados. Tan ensimismado estaba que, de forma inconsciente, quitó la fijeza del rumbo y la dirigió hacía ese lugar; para cuando quiso darse cuenta la barcaza ya estaba llegando a la línea donde comenzaba el espectáculo. Echó el ancla y sin pararse a pensarlo se situó sobre la pasarela y se zambulló en la profundidad del río. Conforme descendía el asombro se iba apoderando de él, al ver como una gabarra hundida estaba rodeada de una infinidad de esqueletos con las manos aferradas a unas bolsas con una ingente cantidad de monedas de plata de un considerable grosor. Llegado al fondo cogió unas pocas piezas, las miró con detención y las arrojó de nuevo al lecho con desprecio. Echó un último vistazo a la necrópolis formada alrededor del navío hundido y con ágiles movimientos se elevó a la superficie, para en primer lugar inundar de oxígeno los pulmones y en segundo volver a subir a la nave y seguir su camino. Entonces escuchó una voz que provenía de la bruma de estribor que decía ¡¡BIENVENIDO!!…

 


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