Por la ribera del río, reflexión sobre el bien y el mal

Por la ribera del río

Por la ribera del río, Antonio reflexiona sobre el bien y el mal, y alcanza interesantes conclusiones…

“Y afinando un poco más no le hace falta el perdón de Dios porque en su propia naturaleza tiene la capacidad de auto perdonarse”

 

¿Qué es la poesía que no sea otra cosa que el desgarro del alma?, pensaba Antonio después de acabar de leer a Miguel Hernández. Este pensamiento, no sabía muy bien por qué, le llevó a cuestionarse lo contradictorio del Bien y el Mal en sentido universal. En casa, en el trabajo y entre su círculo de amigos, la mente le jugaba malas pasadas, al punto de que en algunos momentos llegaba a aislarse del entorno en el que se hallase y dejaba vagar sus pensamientos a mundos irreales, aunque seguro, más reales de lo que él pudiera pensar. En más de una ocasión, su familia, sus compañeros y sus amistades más cercanas, le hacían volver a la realidad presente al contemplar su mirada perdida. Entonces, sus ojos volvían a adquirir el brillo característico de siempre. Antonio no era consciente de la obsesión que le poseía, sobre lo bueno y lo malo que todo el mundo tenía. No es que fuese eso solo, también era muy crítico con la sociedad y las formas de relacionarse unos con otros. Cuando reflexionaba sobre este hecho, de manera involuntaria, chasqueaba la lengua con desaprobación. Veía a la gente como sonámbulos, con las miradas perdidas en un vagar apresurado y faltos de comunicación con el resto, le parecía como si todos portaran una coraza invisible para que nada ni nadie la pudiese traspasar, en definitiva se le antojaban como marionetas sin hilo o robot. Era en esos momentos cuando sentía náuseas y para paliar este hecho solía salir a las afueras de la población y darse largas caminatas por la ribera del río. Solo allí encontraba una paz interna que ningún otro lugar le proporcionaba. Fue en uno de estos paseos que, tras escuchar el rugido de la corriente y cómo ésta se formaba en cascada, que le sobrevino, digámoslo así, una súbita inspiración, que le desveló el enigma en el que llevaba sumido mucho tiempo atrás. Ésta, junto a la razón pura y dura le llevó a comprender que el hombre lleva consigo la raíz del bien y el mal en su propia esencia, y si es bueno es porque por sentimiento entrega todo lo bueno que hay en él y, si es malo es porque al sentirse herido en su sentimiento, llega a cometer acciones en extremo aberrantes, dándose el caso de que para quien no ha sido herido, son hechos incomprensibles y abominables. Y afinando un poco más no le hace falta el perdón de Dios porque en su propia naturaleza tiene la capacidad de auto perdonarse y auto disculparse, pues siempre hallará una excusa que lo exima del acto cometido, para así poder seguir viviendo.

La deducción le sobrecogió y llegó a faltarle el aire durante un buen rato. Cuando empezó a serenarse se acercó a la orilla y sin pensárselo metió la cabeza en el río. El frescor del agua le mitigó por completo el malestar que la reflexión le había provocado. Ya de vuelta a casa iba pensando que, como punto de partida, no estaba mal la intuición que había tenido, pero, eso sí, tenía que matizarla mucho más, ya que en los matices se encuentra el arte del raciocinio…


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